lunes, 23 de mayo de 2011

MURIENDO EN VENECIA...

Hay épocas duras, durísimas, que las pasamos con la esperanza de que sean la antesala de mejores momentos. Vivo una de ellas. Concurren demasiadas circunstancias, algunas de ellas me sobrepasan, pero las vivo con el anhelo que el enorme sacrificio de hoy se transforme en un aceptable mañana. 
Pienso que algunos momentos deben vivirse en el recogimiento de la soledad, no hay nada que entregar, no hay nada que recibir. Es quizá, por eso, que lo único que cabe es centrarse en lo que nos aligera y nos permite descansar el alma agotada. Centrarnos en nosotros mismos y olvidar. El mañana está por llegar y llegará para aliviarnos al fin.

---------------------------------------------------


"Los sentimientos y observaciones  del hombre solitario son al mismo tiempo más confusos y más intensos que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y siempre tienen un matiz de tristeza. Imágenes y sensaciones que se esfumarían fácilmente con una mirada, con una risa, un cambio de opiniones, se aferran fuertemente en el ánimo del solitario, se ahondan en el silencio y se convierten en acontecimientos, aventuras, sentimientos importantes. La soledad engendra lo original, lo atrevido, y lo extraordinariamente bello, la poesía. Pero engendra también lo desagradable, lo inoportuno, absurdo e inadecuado.
(...)
Sus nervios acogían ansiosos los lánguidos tonos, las melodías sentimentales y vulgares, pues la pasión paraliza el sentido crítico y recibe con delicia todo aquello que en un estado de serenidad se soportaría con disgusto.
(...)
A veces permanecía en la arena, con los miembros extendidos; la sábana envolvía su delicado cuerpo; el brazo, suavemente modelado, descansaba en el arenal, con la barbilla apoyada en la palma de la mano. El muchacho llamado Saschu, sentado junto a él, lo contemplaba sumiso, y nada más seductor cabe imaginar que la sonrisa de labios y ojos con que él miraba enaltecido al otro, al admirador, al servidor. Su cabello, rubio, de miel, se adhería en los rizos húmedos a sus sienes y a su cuello; el sol hacía brillar el vello de la parte superior de la espina dorsal; se destacaban claramente bajo la delgada envoltura el fino dibujo de las costillas, la uniformidad del pecho. Sus omóplatos eran lisos como los de una estatua; sus rótulas brillaban y sus venas azulinas hacían que su cuerpo pareciese forjado de un fino material traslúcido. ¡Qué disciplina, qué exactitud de pensamiento expresaba aquel cuerpo tenso y de juvenil perfección!.
"

Muerte en Venecia-Thomas Mann-