domingo, 4 de septiembre de 2011

ALUCINA, VECINA


Hasta hace apenas unas horas, consideraba que reunir a los amigos con sus consortes o parejas, después de vacaciones, era una gozada. Ahora pienso que NUNCA más se me ocurrirá organizar o acudir un almuerzo del estilo hasta que por los menos hayan transcurrido cuatro meses desde la vuelta del verano. 

A principios de semana, tras un cruce de mails, quedamos todos convocados a una comida post-vacacional. Esta vez tocaba en mi casa.
Así que, desde primera hora de la mañana, me he dedicado a prepararlo todo. Sobre las 14:00 horas, con la mesa puesta, las viandas listas y la que suscribe esperando al pelotón vermut en mano, han ido llegando los amiguetes y unos acoplados, simples conocidos, de última hora (el personal no se corta un pelo).

Todo parecía ir bien hasta que alguien ha preguntado a los que venían de nuevo ¿Y qué, cómo han ido las vacaciones? Debe ser que algunas cosas no deben preguntarse jamás y menos si no tienes tomada la medida a quien va a contestar. Porque ¿Para qué habrá preguntado nadie nada? En unos minutos, el patio de mi casa, que es particular, se ha convertido en el escenario de  una batalla campal de a dos. Si no fuera porque no creo en la germinación espontánea de las dagas voladoras hubiera dicho que las estaba viendo volar sobre mi testa.
Un partido de tenis entre “ella” –la acoplada- y “él” -el acoplado-. Las cabezas del resto giraban de un lado a otro en función de las barrabasadas que uno decía al otro. Al final del combate, el anuncio del divorcio.

Al parecer, la convivencia del  verano,  Torrevieja,  la suegra, el perro, los nenes (todos de él) han dinamitado su frágil matrimonio. La conmoción ha sido importante, no por la noticia, puesto que en realidad para mí sólo eran unos conocidos, sino porque “ella”, tras el anuncio nada pacífico de su punto y final, se ha levantado de la mesa, ha agarrado furiosamente uno de mis boles favorito, volcando sobre la entrepierna de “él” mi deliciosa sopa de melón y ha salido de mi casa con un portazo tan grande que mi cuadro favorito ha quedado para que lo lleve a urgencias. 

“Él”, sin despeinarse, ha pedido disculpas mientras los demás seguíamos con el labio inferior colgando. Se ha bajado los pantalones, quedado en gallumbos y, con una elegancia digna de un Lord, ha continuado con su sopa de melón mientras exclamaba “esta sopa está de cojones”. Nunca mejor dicho. Glups.

Pimpinela - Olvidame y pega la vuelta