jueves, 8 de septiembre de 2011

SIN EMBARGO


¿Cuándo podemos considerarnos afortunados? ¿Qué es lo que hace que una persona se sienta feliz? Estas y otras preguntas me formulaba, pausadamente, mientras sorbía las últimas gotas de un acuoso café con leche.  Le contesté que no tengo la bola de cristal, ni el libro gordo de petete, ni ganas de pensar. Sin embargo, esas carencias, evidentes por otro lado, no le impedían insistir en preguntarme cuál era el motivo por el que teniéndolo todo (me pregunto qué es ese todo) no se consideraba afortunado y por qué se sentía tan infeliz. Le dije que no lo sabía y le emplacé a que se escuchara, a que no fuera demasiado severo consigo mismo, a que observara a su alrededor y que, si quería,  mañana me lo contara.
Lo dejé sentado. El aire batías las primeras hojas secas.

Empiezo a cansarme de las conversaciones espesas, de la búsqueda de razones imposibles de alcanzar y de estar a disposición de cualquier cosa. Sin embargo, no puedo evitar repetirme las preguntas a la que no di respuesta. Pero sé que uno es afortunado cuando alcanza un estado en el que se siente conforme consigo mismo, con lo que le rodea, sea mucho, poco o nada, y esa conformidad le satisface plenamente, aunque a los ojos de los demás pueda ser considerado un auténtico desgraciado. Porque la fortuna, en lo personal, es algo absolutamente subjetivo, algo que no puede mesurarse con una vara, ni se alcanza acumulando en la columna del haber los logros de nadie. En cuanto a lo que nos da la felicidad, pues a saber. Otro estado absolutamente subjetivo, transitorio y efímero que se presenta para escaparse por las costuras en cuanto uno hace un requiebro. 

Pero eso lo sé yo y él, aunque no se encuentre, también.