jueves, 31 de marzo de 2011

MINIMALISMOS XX

 

La imbecilidad es una enfermedad que no se cura, sólo se mitiga cuando el imbécil se encuentra frente a otro más imbécil que él.


miércoles, 30 de marzo de 2011

HUMO Y HUMOS


Lo quieres todo. Un personaje de quita y pon. Un recortable de carton piedra. Convertirlo en tu cielo y, al minuto, cuando amenace con nublarse, hacerlo desaparecer. 

Darle la vida y  quitársela. Lo puedes todo. Un chasquido de dedos basta. Tendrás que inventarlo, imaginarlo.

Pero no olvides que lo imaginado es humo, y que éste, por su propia naturaleza, acompaña poco, desaparece en nada.
© Fotografía: Katrina Strange

Y CADA UNO CON LO SUYO


Tengo una lampara de pantalla roja, dos velas que huelen a lavanda y poco sueño. Puedo contar las horas y convertirlas en nanosegundos para prolongarlas hasta el infinito, acompañarlas con las cuatro notas que ahora suenan y perderme entre líneas difusas de mi mundo, mi micromundo.

"Lo que perdimos podemos recobrarlo intacto, dijo Norman. Hubiera sido fácil rebatirlo, en lugar de eso yo también bajé la ventanilla y dejé que el aire tibio me despeinara, los árboles pasaban a una velocidad pasmosa ¿Qué podemos recobrar?, pensé sin importarme que la velocidad fuera cada vez mayor y que la carretera ya no presentara tramos en línea recta, tal vez porque Norman siempre había conducido con seguridad y era capaz de hablar, de observarse, de buscar cigarrillos en la guantera, de encenderlos e incluso de mirar de vez en cuando hacia delante y todo sin quitar el pie del acelerador. Podemos volver a entrar en juego en el momento en que queramos, oí que decía"


No hay prisa. Los nanosegundos me conceden una eternidad.

martes, 29 de marzo de 2011

COSAS


No deja de ser curioso las maneras que tienen algunas personas de alimentar el conflicto. Nunca he entendido las ganas de algunos de vivir en permanente estado de guardia, con la metralleta del insulto, de la maledicencia, preparada para disparar a bocajarro contra el primero que pasa por su vera.

Ni lo entiendo, ni lo entenderé. Andar todo el día con historias para no dormir, calculando y midiendo cada uno de los pasos que se dan para provocar en otros reacciones en el sentido que pretenden me resulta agotador y yo, por naturaleza, en esas cuestiones, soy muy vaga.

Por eso, creo que es muy mala técnica o solución, si quieren llamarlo así, alimentar algunos filones de mal rollismo. Frente a ello, y para frenarlos, no vale el insulto, no vale el agravio,  sólo vale el no hacer el más mínimo aprecio, ni tener en cuenta ni una sola de las palabras, ni uno sólo de los gestos que esos, a los que al final se les ve venir a kilómetros, realizan para intentar desestabilizar a cualquiera.

No voy a perder ni un sólo segundo de mi tiempo con este tipo de personajes. Cada uno decide las compañías que quiere llevar en su viaje, yo sé las que quiero junto a mí, esas que vienen de cara y que con sus más y sus menos, te felicitan cuando es de merecer o te maldicen de viva voz el día que cometes una tropelía. Pero las elecciones de las compañías dependen de lo que cada uno espera de ellas, yo espero que los que me acompañan sean gente de bien, buena gente en la que pueda confiar y no aquella que no sé lo que puedo esperar. Vuelvo a repetir lo que he dicho por activa y por pasiva, en esta vida lo que hay que hacer es vivir y dejar vivir y el que no sea capaz de entender que eso es fundamental pues que se atenga a las consecuencias de los monstruos que genera.

Y lo dicho, ni un minuto más de mi tiempo, del escaso que tengo, para los que no han comprendido lo que ahora aquí escribo.
Para los demás cuídense y sobre todo que les cuiden, eso es lo mejor.


P.D.: Esto no es un mensaje cifrado para nadie, es sólo una reflexión.



Twentysomething - Jamie Cullum





domingo, 27 de marzo de 2011

LOS HIPNOTIZADORES, LOS HECHICEROS


Éste ha sido un fin de semana de lo más curioso, lleno de  encuentros inesperados, de papel tintado, momentos para recordar cuando llega el invierno. Un verdadero placer, unos días de esos que podemos llamar redondos. Me apena que llegue a su fin y que volvamos a la rutina. Pero me llevo el  cesto lleno de imágines, conversaciones, momentos estupendos. 
El tiempo hay que dedicarlo a lo que importa, a lo bueno y a lo positivo. 
Dejo aquí uno de los maravillosos hallazgos de este fin de semana tan productivo personalmente, un artículo escrito por Antonio Muñoz Molina que ha aparecido en el suplemento Babelia, en su número 1009. Cuelgo el enlace a la web, para el que quiera ver su original.  Léanlo con atención y gócenlo, vale la pena.
Aquí les dejo, voy a concluir lo poco que queda del fin de semana en la inmejorable compañía de mi familia.Cuídense y que les cuiden, eso es lo mejor.

LOS HIPNOTIZADORES, LOS HECHICEROS

-Antonio Muñoz Molina-

No es bueno amar demasiado la literatura, o el arte. Se corre el peligro de quedar hechizado y creer que son más ricos, más verdaderos, más variados que la vida. No es bueno amar demasiado la literatura o el arte y menos aún admirar en exceso a quienes se dedican a esos oficios. No quiero caer en la vulgaridad de que es preferible no encontrarse en persona a quienes uno conoce de lejos y admira por su obra, para no llevarse así la inevitable decepción. Depende. La mayor parte de los escritores, pintores, cineastas a los que hubiera preferido no conocer ya tampoco me habían gustado por su trabajo. Algún escritor cuyos libros me parecían detestables era todavía más detestable en persona. Pero casi todos los que he conocido después de admirarlos mucho me han resultado todavía más cercanos y más dignos de afecto y respeto. No olvidaré nunca la cordialidad amable de Adolfo Bioy Casares, la llaneza laboriosa de José Guerrero, de Antonio López García, de Antonio Saura, de mi querido y tan activo todavía Juan Genovés, que a los ochenta años vive intacta la alegría de pintar sin el agobio de la búsqueda de la perfección o el miedo a las críticas, o el desasosiego de no estar a la moda. Porque trabajan con las manos y pasan mucho tiempo solos en talleres llenos de materiales que se tocan y se huelen y pesan los pintores son una casta aparte. A Juan José Saer no lo había visto en mi vida y a los dos días de conocernos en un acto editorial en París me invitó a una comida memorable en un restaurante de barrio donde la dueña llevaba delantal y lo llamaba por su nombre, Monsieur Saer. Comimos cordero y no sé qué más delicias de cocina de pueblo. Nos bebimos una botella entera de vino y hablamos durante horas de los libros y las músicas que nos entusiasmaban, de Bill Evans y de Marcel Proust sobre todo. Yo miraba de soslayo el reloj porque mi vuelo para Madrid salía esa misma tarde. Nos despedimos con un abrazo y ya no volví a verlo nunca. Al poco tiempo recibí otro regalo suyo, el estuche con las grabaciones completas del trío de Bill Evans en el Village Vanguard en junio de 1961. Al poco tiempo Saer había muerto.

No he conocido a nadie que me pareciera grande de verdad que fuese un canalla, o un chulo, o un vanidoso enamorado de sí mismo. Hay artistas de un egocentrismo grotesco, algunos de ellos muy célebres. No se me ocurre ninguno que no esconda una parte de banalidad o de impostura en su obra, por mucho que la canonicen. Y tampoco suele haber proporción entre la escala del mérito o el reconocimiento público y el tamaño de la vanidad. Hay premios Nobel -y no solo de literatura, o no especialmente- mucho menos arrogantes que algún poeta de difusión comarcal o algún genio de la narrativa que a lo mejor no ha publicado más que algún relato, alguna novela, o algún artista de estos que no son pintores ni escultores ni fotógrafos sino artistas sin más, artistas porque sí, porque lo dicen ellos.
Cuánta tontería. Cada vez entiendo menos que a un literato o a un diseñador de moda o a un actor se les conceda un derecho a la arrogancia que sería inverosímil en un buen ingeniero o un buen médico, en un mecánico concienzudo, en un profesor que mejora para siempre la vida de un alumno al ayudarle a descubrir sus mejores capacidades. Aunque peor que la tontería es el envenenamiento, la manipulación que ejerce a veces quien se sabe brillante y no tiene ningún respeto por aquellos mismos que al admirarlo alimentan su egolatría y sin darse cuenta se hacen a sí mismos más vulnerables aún a su influencia tóxica. En su novela Volver al mundo José Ángel González Sainz hace el retrato escalofriante de ese intelectual maduro que utiliza sus lecturas y su palabrería para someter al discípulo a su voluntad y convertirlo en una especie de zombi al que lo mismo se le puede ordenar que machaque a un adversario en una discusión o que empuñe una pistola. Abimael Guzmán o Pol Pot no son los únicos terribles profesores de filosofía que acabaron alentando el asesinato. Y no hace falta empujar hacia el crimen o el fanatismo para dañar las vidas de personas cándidas que creen demasiado en el brillo de las ideas o en la nobleza del arte y de la literatura.
Hay gente demasiado ávida, demasiado dispuesta a ser deslumbrada. Hay desalmados que intuyen esa flaqueza y se apresuran a aprovecharse de ella. Es probable que sea una disposición sobre todo masculina, no sé si particularmente heterosexual. El espectáculo se repite siempre: la mujer joven hechizada, aspirante a actriz, aspirante a pintora, aspirante a escritora; el escritor, el profesor, el varón de cerebro poderoso y físico mediocre, el director teatral, el gurú de la secta, el entrañable aventurero cansado, el vividor legendario, el triunfador, el fracasado, el maldito, el autodestructivo. Cabe la posibilidad esperanzadora de que se trate de un esquema anacrónico; que las mujeres jóvenes y más despiertas de ahora no muerdan el cebo, o que las artes hayan perdido una parte de su lustre.
Si es así, el libro de recuerdos de Anne Roiphe, Art and Madness, será parte de la arqueología literaria del siglo pasado, de esa época en la que ella era muy joven y se sentía dispuesta a sacrificarlo todo por el heroísmo masculino y bohemio de la literatura, incluyendo su propia vocación de escribir. Anne Roiphe llegó al mundo literario de Nueva York al final de los cincuenta, en la gran época del alcohol y en las vísperas de la revolución sexual, cuando los escritores eran sobre todo varones que se emborrachaban, que daban clases y seducían alumnas o lectoras sin miedo a represalias, que reclamaban para sí mismos y tenían reconocida la potestad de sacrificar en nombre del genio cualquier responsabilidad hacia las personas que los rodeaban. A veces el genio, o al menos el talento, existía: muchas más veces era sobre todo una farsa sostenida sobre la soberbia y la credulidad. En casa de George Plimpton, en las fiestas alcohólicas de la Paris Review, cuenta Roiphe, secretarias y aspirantes a escritoras se rendían a los maestros beodos mientras las esposas miraban a otra parte y fumaban cigarrillos. Ella misma se casó con un dramaturgo convencido de su propia genialidad, en gran parte gracias al fervor de la mujer que lo aguantaba. Porque era un genio y estaba en lucha contra la indiferencia del público y la venalidad de los productores teatrales tenía derecho a pasarse borracheras de varios días fuera de casa y a frecuentar prostitutas.
En algún momento ella despertó de su reverencia excesiva por el arte. Tenía una hija pequeña y también tenía una necesidad honda de escribir, aunque por pudor, o por complejo de inferioridad hacia su marido o miedo a su sarcasmo, no se había atrevido a manifestarla. Al cabo de los años, en otro siglo, su mirada de lucidez y remordimiento hacia el propio pasado es un ejercicio excelente de literatura.

Art and Madness. A Memoir of Lust Without Reason. Anne Roiphe. Random House, 2011. 240 páginas. antoniomuñozmolina.es

http://www.elpais.com/articulo/portada/hipnotizadores/hechiceros/elpepuculbab/20110326elpbabpor_6/Tes


coldplay - cloks

sábado, 26 de marzo de 2011

NIGHT DREAMS


Desperté sin que sonara la alarma del reloj. Habían pasado las horas más despacio de lo habitual y las coroné con una insulsa duermevela de ojos entreabiertos y  respiraciones quedas. 
Las noches son escenarios superlativos que ensalzan pensamientos grotescos. Así permanecí y acomodé los sentidos a la oscuridad sólo interrumpida por el parpadeo incesante del piloto de luz de un cargador eléctrico.
Sentí su abrazo rodeando mi cintura y su pierna amoldándose entre las mías como los dientes de una rueda que encajan en un engranaje cuasi perfecto. Me imagine sincronizando sus movimientos con los míos y a su vez con los estrambóticos pensamientos que una última lectura nocturna habían impreso en mí. Pero hay cadencias imposibles porque se sujetan en indescifrables mecanismos cerebrales, por eso cuando yo expiraba, él inspiraba, pero nunca a la vez.

Y desperté, sin ningún sonido que me sobresaltara. Tuve la certeza que habían pasado horas, no sé cuantas, y que éstas se habían perdido en los extraños abismos de los sueños incompletos y tozudos. Y desperté despacio, ligera como un espectro. 
Al mirarme en el espejo observé la mirada aprisionada entre círculos violáceos de los tiempos vivos que contrastaban con la tumefacción de los párpados que permanecen cerrados durante horas.
Por eso desconfié de ese despertar que parecía inventado dentro de un sueño infinito, reproducción de antiguas noches insomnes y compañías difusas. 
Cerré los ojos para recuperar una visión más nítida. Sentí sus labios sobre los míos y su mano recorriendo el istmo que une mis muslos. Fue entonces cuando supe que la quieta revuelta nocturna y espectral sólo había sido un mal sueño y que la compañía era menos difusa que nunca.

jueves, 24 de marzo de 2011

LA FABULA DE LA RANA Y EL ESCORPION



Había una vez una rana sentada en la orilla de un río, cuando se le acercó un escorpión que le dijo:
—Amiga rana, ¿puedes ayudarme a cruzar el río? Puedes llevarme a tu espalda…
—¿Que te lleve a mi espalda? —contestó la rana—. ¡Ni pensarlo! ¡Te conozco! Si te llevo a mi espalda, sacarás tu aguijón, me picarás y me matarás. Lo siento, pero no puede ser.
—No seas tonta —le respondió entonces el escorpión—. ¿No ves que si te pincho con mi aguijón, te hundirás en el agua y que yo, como no sé nadar, también me ahogaré?

Y la rana, después de pensárselo mucho se dijo a sí misma:
—Si este escorpión me pica a la mitad del río, nos ahogamos los dos. No creo que sea tan tonto como para hacerlo.
Y entonces, la rana se dirigió al escorpión y le dijo:
—Mira, escorpión, lo he estado pensando y te voy a ayudar a cruzar el río.
El escorpión se colocó sobre la resbaladiza espalda de la rana y empezaron juntos a cruzar el río.

Cuando habían llegado a la mitad del trayecto, en una zona del río donde había remolinos, el escorpión picó con su aguijón a la rana. De repente la rana sintió un fuerte picotazo y cómo el veneno mortal se extendía por su cuerpo. Y mientras se ahogaba, y veía cómo también con ella se ahogaba el escorpión, pudo sacar las últimas fuerzas que le quedaban para decirle:
—No entiendo nada… ¿Por qué lo has hecho? Tú también vas a morir.
Y entonces, el escorpión la miró y le respondió:
—Lo siento ranita. No he podido evitarlo. No puedo dejar de ser quien soy, ni actuar en contra de mi naturaleza, de mi costumbre y de otra forma distinta a como he aprendido a comportarme.
Y poco después de decir esto, desaparecieron los dos, el escorpión y la rana, debajo de las aguas del río.

***

Moraleja: No tengo por costumbre ni dar consejos, ni moralinas a nadie, la moraleja que la extraiga cada uno, yo creo que está clara.


EL TRAMPOSO GORRO DE CARLITOS


Desde hace unos meses vive dos pisos por encima del mío. Esta noche ha tirado por la ventana su gorro de lana. Ha aterrizado sobre la mesa de la terraza. Lo veo posado, con la borla respingona, es como una señal. Salgo a la terraza, miro hacia arriba y veo a Carlitos sentado en el balcón. Tiene las piernas y los brazos cruzados. Chisto un poco, para que mire hacia abajo. No lo hace, mueve la cabeza negando con el gesto. Le llamo por su nombre y le digo que  tengo su gorro, que si baja a buscarlo o si quiere que se lo suba.
No se mueve. No pronuncia ni una sola palabra. Me va a tocar subir y llevarle el gorro.
No hace frío pero lo necesita, eso lo sé.  Por eso,  vuelvo a colocarme los zapatos y subo a su piso.
Oigo voces a través de la puerta. Me da apuro tocar al timbre pero mientras dudo si dejar el gorro colgado en el picaporte, Clara abre la puerta. Me ha oído llegar, el ascensor  de esta comunidad no es nada discreto, sabemos de las idas y venidas de unos y otros por los ruidos del elevador. Así que, sin quererlo,  me encuentro con una madre desesperada que me pide que entre a ver si puedo arrancar a Carlitos del balcón.
Pienso que menudo lío, lo cansada que estoy, que sólo tengo ganas de darme una ducha, ponerme el pijama y sentarme a pasmar. Pero veo a Carlitos, con la cabeza entre las piernas, no está bien, lleva dos horas al raso.  Me siento a su lado y le digo que tengo su gorro, que si lo quiere. No dice nada. 
El suelo está frío pero en el balcón no hay sitio para una silla, menos para dos, así que resisto estoicamente. Estamos callados. Carlitos ya no llora, ahora sólo se acuna entre sus brazos y sus piernas.
No sé cuando rato llevamos sentados. A mi me parece una eternidad, pero no puedo marcharme dejándolo en el balcón. No sé porqué me obligo a quedarme.
Miro a Carlitos y  tal vez sea por solidaridad mal entendida pero, sin quererlo, me encuentro secando, con el dorso de la mano,  los primeros vestigios de unas lágrimas que me esfuerzo en parar porque no responden a nada.
Aguanto en la mano el gorro de Carlos. Menudo panorama. Inspiro hondo y me repito que basta, que si estoy perdiendo el juicio.  Noto como pasa el brazo por el hombro, me da un beso ruidoso en la mejilla y me pide que no llore. A veces pienso que este chico tiene un radar.  Se pone el gorro y me coge de la mano. Carlitos es down, tiene 18 años. Me cuenta que llora por su chica, Sara. Llora porque mañana cambia de centro de día. Me lo cuenta entre lloros, de nuevo. Su chica se puso triste y lloró todo el día y ahora sí que ya no puedo evitarlo. Parecemos dos tontos en apuros, llorando a mares en un balcón en el que ahora ya hace un frío que pela.
Y yo, yo no sé porque lloro, puede que porque Carlitos se ha quedado sin chica, porque no tengo gorro, porque se me enfrió el trasero mientras acompañaba a Carlitos, porque aún tengo que ducharme, preparar la cena y volver al mundo de los adultos. 
Bajo en el  ascensor y el espejo de la cabina me recuerda que mis cromosomas están en orden, pero mis problemas, al menos esta noche, son más absurdos que los de Carlitos.
Esta primavera me está matando y sólo llevamos dos días. 

miércoles, 23 de marzo de 2011

MI CASA ES UNA CEBOLLA

Hace unos días, leía una entrevista a Aleksandar Hemon. En ella afirmaba que "tu casa es allí donde no estas". He pensado sobre aquella frase que, evidentemente, extraje del contexto y empecé a darle vueltas. Reconozco que al principio no lo hice de una manera consciente  pero hace unos días, mientras mataba un par de horas muertas y no tenía a mi alcance nada más que mi agenda de papel, un móvil sin batería y un café pensé que la frase de Hemon encierra una enorme paradoja.
Pienso en mi "casa" y en lo que echo de menos cuando no estoy en ella. No son las cuatro paredes más o menos cómodas en las que vivo, ni las cosas que en ella se contienen, todo eso es fútil. Echo de menos otras cosas que van más allá de lo material. 
No supe bien como traspasar al papel lo que tenía en mente. No supe verbalizarlo pero las sensaciones eran precisa. Por eso anoté, "Hemon-casa-paradoja".
Ayer, mientras volvía de un viaje relámpago en tren lo descubrí y de pronto lo tuve claro. Subía por las escaleras que me alejaban del andén y mi nariz se llenó de un penetrante olor a cebolla guisada. Salivé, sí, lo hice y supe lo que era la "casa", la mía.
Mi "casa" es ese lugar que se compone de mil  sensaciones placenteras y acogedoras que me devuelven la tranquilidad y la serenidad que muchas veces pierdo. Quizá a eso se refería Hemon, a todas esas cosas que nos transportan a un lugar en el que nos sentimos seguros y que cuando por el motivo que sea desaparece nos deja cojos.
Puede que Hemon no quisiera referirse a nada de todo ello. No tiene importancia, ahora sé donde está mi "casa", mi casa está en mí. Y me gustó el penetrante olor a cebolla, me hizo recordar momentos de risas ante una mesa llena de gente y una radio en la que se escuchaba algo tan poco común hoy en día como las radionovelas de Guillermo Sautier Casaseca. 
La casa la llevamos siempre a cuestas, en nuestro interior, en nuestros sentidos, por eso podemos vivir en cualquier sitio, lo que importa es que no nos falten las sensaciones y el placer de dejar que nos envuelvan y nos abriguen.

Aleksandar Hemon, escritor "Amor y obstáculos"

lunes, 21 de marzo de 2011

ATCHUNG...SPRING IS HERE


La primavera ha llegado a la ciudad.....pero yo estoy premenstrual. Lo cual quiere decir que me importa un rábano que a partir de hoy los pajaritos canten, las nubes se levanten, el sol aumente el tono vital del personal y que empiece el tortoleo sin par entre hombres y mujeres añosas. Me da igual, por mí como si cae la tormenta mundial (casí que mejor, me compré la semana pasada unas botas de agua monísimas y las quiero estrenar).

Estoy premenstrual, osea, sufro de hinchazón corporal, me duele la cabeza, sólo pienso en comerme un par de panteras rosas (incluso he soñado con ellas), el latex me da tiricia y, si no fuera porque calzo un número de pie relativamente pequeño chafaría el mundo con mis propias botas.
Así que voy a esperar a la próxima semana para celebrar la llegada de la primavera, para escuchar como cantan los pajaritos, para contemplar como las nubes se levantan y  para glosar los encantos de las alergias que la estación nos va a traer. Mientras, si nada lo impide, me dedicaré a la vida contemplativa y a observar, cual buho contenido, las alucinantes cosas que pasan a mi alrededor.
Sólo espero que este entusiasmo que ahora relego para los próximos días, por obvias necesidades corporales, no se vea enturbiado por una invasión de astenia. 
Si se me arrima, prepárense, porque lo tenemos claro, les auguro unos textos de lo más tenebrosos y asesinos del mundo.

PD.: Del síndrome premenstrual sólo salvo los morritos a lo Angelina Jolie que luzco toda la semana.


domingo, 20 de marzo de 2011

I HO VAIG OMPLIR TOT DE TU...


Després de tot encara queda espai
per repensar la vida i convertir-la 
en un àmbit molt més silenciós,
a l'abric dels inhòspits desgavells
i les innevitables maltempsades.
Perquè el secret és que no hi ha secret
i els ritmes i les pauses són la cara 
potser oculta del temps que no hem viscut
mentre fèiem projectes i ens jugàvem
els passat i el futur en inefables
futilitats amb posat circumspecte.
I ara què ens queda fora del recel
i les mancances? Què compartirem
amb la gent que estimem i que ens estima?
La fosca complaença dels secrets
o la riquesa absurda del misteri?
Res d'això, perquè el subtil
mirall discret que ens encén la mirada
és el no-res que sempre descobrim
sense voler, tossuts i agosarats,
després de tot, després de cada cosa.

Després de tot -Martí i Pol-

Después de todo todavía queda espacio
para repensar la vida y convertirla
en un ámbito mucho más silencioso,
al abrigo de los inhóspitos descalabros
y las innevitables recaidas
Porque el secreto es que no hay secreto
y los ritmos y las pausas son la cara
quizás oculta del tiempo que no hemos vivido
mientras hacíamos proyectos y nos jugábamos
los pasados y el futuro en inefables
futilidades con ademán circunspecto
Y ahora qué nos queda fuera del recelo
y las carencias? Qué compartiremos
con la gente que estimamos y que nos estima?
La oscurida complacencia de los secretos
o la riqueza absurda del misterio?
Nada de esto, porque el sutil
espejo discreto que nos enciende la mirada
es la nada que siempre descubrimos
sin querer, tercos y osados,
después de todo, después de cada cosa.

-Después de todo- Martí i Pol-
 
feist - one evening reserved

 



Plou, amor, sempre que véns,
i trona i llampega premonitòriament
com per avisar-me que rere teu
s’hi amaga una delicada tempesta
que pot fer estralls dins meu…
Arribes espurnejant de pluja
i caiem de nou l’un dins l’altre,
fins a convertir-nos per uns moments
en una sola onada de pell
que envesteix furiosa
la costa del desig…
Renaixem després nous i pletòrics,
i fixem llavors els nostres ulls
en els perills del cos de l’altre,
com per reconèixer els diferents esculls
amb què hem anat topant
al llarg del nostre periple…

El viatge de l’amor
vol tanta embranzida com càlcul:
si no, el plaer es deixata en oblit
i res no pot sorprendre’ns
perquè res no ha estat previst.

Naufragi -Àlex Susana-
©Fotos naq


sábado, 19 de marzo de 2011

AN=NA y LOS REFLEJOS CONDICIONADOS


Dicen que una de las cosas que más molesta a un adolescente es que le digan que se parece a su padre, o a su madre. Por eso no es extraño oír aquello de "yo nunca seré como mi padre" o "yo nunca seré como mi madre".  Creo que todos, o casi todos, hemos pasado por esa fase de negación de lo nuestro, de lo propio.
 Recuerdo que en infinidad de ocasiones llegué a decir, incluso con rabia, aquello de yo nunca seré como tú, nunca se me ocurriría hacer esto o aquello. Pero los años pasan pronto y un día mientras estás hablado con tu pareja o con tus hijos, o con quien sea, te descubres frente al espejo haciendo aquel  gesto que tanto te molestaba, repitiendo esa frase que odiaste hasta el infinito.
Eso, precisamente, me ha pasado a mí. He asistido a una conversación muy desagradable. Por un momento, he retrocedido a momentos a los que no quisiera volver.  Los intentos de manipulación de la gente para obtener  sucias ventajas en algo que creen les pertenece me producen basca. No puedo evitarlo.  
Ni puedo, ni quiero. Yo vivo y dejo vivir y espero lo mismo de los demás. Y vivo, dejando vivir, con mis problemas,  mis alegrías y los de los que me importan, con eso ya tengo suficiente. Así, que levantándome de un revuelo, he salido de la estancia con un gesto tosco y una frase que, sin darme cuenta, ha salido de lo más profundo de mí: “Mi mal no quiere ruidos y tú haces demasiado para lo poco que tienes que decir”
Cuando aún tenía la mano en el pomo de puerta, he visto mi gesto reflejado en el cristal. La mirada, pese a ser mi cara, no era la mía y la frase creo que se grabó a fuego hace algunos años en algún lugar del inconsciente a la espera de un futuro que llegaría con toda seguridad.
Me retrotraigo a unos cuantos años de atrás y me escucho a mí misma y me veo hace apenas unos minutos. 
No me molesta parecerme a quien me parezco, al contrario, me parece casi mágico  y pienso que todo es relativo. Si algo aprendí, lo he dicho ya, es que hay que vivir y dejar vivir; que los  embrollos debemos mantenerlos lejos y que todo es relativo.
Sin darme cuenta lo he vuelto a hacer. Me parece bien, a fin de cuentas soy hija de quien soy, con todo lo bueno y lo malo también.

viernes, 18 de marzo de 2011

EL ETERNO FEMENINO



- Eres el eterno femenino...
- ¡Ah! ¿Sí?
- Sí
- Ya

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 AL ATARCEDER

-Constantine Cavafis-

Con todo no podía eso durar mucho. La experiencia
de los años me lo muestra. Pero sin embargo un tanto abruptamente
vino el Destino y lo detuvo.
Breve fue la hermosa vida.
Mas cuán intensos fueron los perfumes,
en qué maravillosos lechos nos acostamos,
a qué placer nuestros cuerpos entregamos.
Un eco de los días del placer,
un eco de aquellos días vino hasta mí,
algo del ardor de nuestra juventud;
volví a tomar en mis manos una carta,
y leía una y otra vez hasta que me faltó la luz.
Y salí al balcón melancólicamente -
salí para cambiar de pensamientos mirando al menos
un poco de la ciudad amada,
un poco del movimiento de la calle y los negocios.

jueves, 17 de marzo de 2011

JAPÓN


Llevo cinco días enganchada a las noticias siguiendo todo lo que nos llega desde Japón, las declaraciones de los líderes mundiales, las de la gente de a pie, las de los españoles que aterrizan con el miedo clavado en la mirada. Lo vivo con cierta angustia. Reconozco que todo esto me tiene enganchada a la pantalla del ordenador, a los periódicos digitales, a los informativos de televisión, más tiempo incluso del que alguien considerará normal pero es lo menos que le debo al mundo en una situación como ésta. 

Estamos frente a una catástrofe mundial. No es una película circunscrita a un islote en el pacífico, el mundo se ha tambaleado.  Las proporciones de una catástrofe, que empezó siendo natural, ha desbordado cualquier previsión y ahora estamos frente a la tesitura de enfrentar una desgracia de tal calado que nadie va a salir indemne de ella. 

Japón sufre en sus carnes  el zarpazo letal de una naturaleza desbordada que nos coloca a todos en la desoladora posición de replantearnos el mundo y de aprender la lección.  Hoy se duele  oriente, pero oriente somos todos, sólo tenemos que darle una vuelta al globo terráqueo.

La fragilidad del hombre ha quedado en evidencia. Creemos dominar el mundo, que podemos doblegarlo todo y, en realidad, estamos a merced de lo desconocido, de lo imprevisible.

Me duele Japón, me duele lo que veo, lo que no veo y lo que no puedo ni llegar a imaginar. La magnitud de la tragedia es tal que el mundo entero debería estar de luto.

Costará recuperarse de esta enorme catástrofe. Se reconstruirán las casas,  las carreteras, y  la ciudadanía japonesa también lo hará.  A la vista está el comportamiento y la manera en que están afrontando  la imposible situación que viven. No es la primera vez que dan muestras de una voluntad de hierro, de una capacidad casi sobrenatural para sobreponerse y avanzar a pasos agigantados para salir del pozo en el que la historia les sumerge continuamente. 

El pueblo japonés está dando una lección al mundo que el resto deberíamos aprender.  Esta desgracia nuclear  la vamos a sufrir todos, nuestra generación y las venideras, así que ya podemos empezar a prepararnos y  empezar a admirar la increíble capacidad de los japoneses para sobreponerse a las desgracias y aprender de ellos porque se acercan tiempos muy negros.

Mientras termino estas líneas estoy viendo en un recuadrito de mi ordenador, las imágenes en directo de la televisión nipona. Me sobrecogen a cada minuto, a cada segundo. Poco puedo hacer desde aquí salvo inventar una plegaria que lanzo aún no sé a quién,  para que la naturaleza se apiade de estas gentes que hoy sufren lo indecible y nos ayude a la humanidad  a salir adelante.

我々は、私たちが住んでいるの脆弱性を忘れてはならない。その世界は、私たちは未来の世代のために保護する必要がありますステップです。我々、我々の生活はそのまま私達の家私たちの保護されている場合それはあなたの苦しみ我々のものですあなたのために、日本人々、あなた完全な人間の尊厳信頼を持っています。 



john lenon- imagine -


 (*) No debemos olvidar la fragilidad en la que vivimos. Que  el mundo es un lugar de paso que debemos salvaguardar para las generaciones futuras. Que vuestro sufrimiento es el nuestro aunque conservemos nuestros hogares, nuestras fuerzas, nuestras vidas intactas. Porque vosotros, gentes de Japón, tenéis la dignidad del hombre cabal y en vosotros confiamos. 

PD: Este blog tenía un lector que se conectaba desde japón, en alguna ocasión ha dejado sus comentarios en el blog. Espero que esté bien.

lunes, 14 de marzo de 2011

EL HACEDOR DE RUTAS


Es sencillo. Sólo tienes que cogerte de la mano que te tienden. En el invisible mundo de las letras siempre está esperándote. Deja que otros vayan por delante, no tengas prisa, abrirán paso, despejarán el camino y tú, al igual que aquellos sherpas, llegaras a lugares que nunca pensaste que pudieran existir. 
En el mundo lector no importa ser el segundo, ni el tercero, ni el cuarto, ni el dos millones cuatrocientos mil, lo que importa es que puedas llegar y una vez allí te ancles durante algún tiempo y puedas construir, de nuevo, lo que otro escribió. 
Tal vez con el tiempo, te conviertas, sin quererlo, en un hacedor de caminos y, a cada descubrimiento, desees a otros un buen viaje.

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LAS ALMOHADAS DESNUDAS -Nacho Abad-

Las chicas cruzaban la ciudad todos los lunes para venir a vernos. Les daba igual que el calor fuera asfixiante, que las calles ardieran como bosques en guerra, que no hubiera quién respirara el aire quemado por el sol. Ellas venían todos los lunes, ataviadas con sus ropas de domingo, con vestidos ligeros, aéreos, un rato después de que llegara el cartero con la baliza militar. Las pobres no sabían leer. No entendían ni una palabra de las cartas que sus novios les escribían desde el frente. Y abandonaban sus dulces hogares de la colina con la esperanza de que nosotros las ayudáramos. Sus madres las prevenían, ¡Mucho cuidado con los artistas!, ¡no son trigo limpio! Pero ellas o eran valientes o unas auténticas descabezadas, y venían decididas a nuestras pobretonas embarcaciones del puerto, donde fingíamos estar concentrados, abstraídos en el lento ascenso a las esferas luminiscentes de las ideas. Pura pose. En realidad lo que hacíamos era dormitar, broncearnos, vaguear, y de cuando en cuando, mirar con el rabo del ojo cómo brillaban sobre el lomo del mar los peces plateados de la mañana. En resumen, perdíamos el tiempo, nuestro valioso tiempo, sin reparar en todo lo que arrebatábamos a la posteridad, en todo lo que perdía la Literatura Universal con cada página que no escribíamos. Languidecíamos, sudábamos, pasábamos del mundo. Y la visita de las chicas acontecía como una fiesta patronal. Sacábamos de las bodegas agua de Perito Moreno, tequila La Mordida, sal, limones y bloques de hielo. Las invitábamos a brindar. Nosotros conjurábamos a las musas, ellas, al santo patrón de los soldados que morirán vírgenes. Y luego nos pedían que nos pusiéramos manos a la obra. Buscaban en sus escotes los sobres manoseados. Los abrían con ternura y con torpeza. Sacaban el contenido y nos lo daban. Nosotros pasábamos la vista por encima, un poco sorprendidos por la caligrafía de parvulario, pero enseguida nos espantábamos con el contenido. ¡Menudo despropósito! Todo en la vida se puede perdonar a un hombre excepto que no sepa expresar su amor por una mujer. Si de nosotros hubiera dependido, habríamos montado un consejo de guerra a esa pandilla de paletos. ¡Todos fusilados sin más! Y las bobas nos miraban a la espera. ¿Cómo íbamos a leerles aquello? No podíamos repetir en voz alta esa lista de tristezas. No a las diosas bípedas y pluscuamperfectas y del pueblucho. Ellas no merecían oír cómo sus hombres padecían hambre, cómo añoraban sus muslos blancuzcos, cómo rabiaban por oler de nuevo sus pelos sucios. Ellas merecían auténtica poesía, canción de tripas, que se dice. Todas las princesas que orillaran en nuestro corazón tenían ganado un poema al menos, y éstas más, con su belleza desbordada de ingenuidad, bonachonas y concupiscentes, éstas que estaban condenadas a no conocer más mundo que el que trajeran en la boca sus novios estúpidos. Nos daban lástima, sí, las tontitas. Así que adornábamos las cosas. Componíamos. Y qué versos: parecían metales ardiendo al contacto con la saliva. Nos burbujeaban en la garganta. Ellas entornaban la mirada, enamoradas perdidas. Segregaban un lagrimeo exagerado, bien cargado de autocompasión. Y nosotros nos crecíamos. Componíamos poemas más largos, improvisábamos sonetos envenenados, furibundos como amantes desahuciados, palabras que conspiraban con palabras para que abandonaran sus crisálidas las mariposas del pecho. Y las chicas seguían llorando y bebiendo tequila El Mariachi bajo el sol enquistado en el cenit del cielo. ¡Parecían plañideras fuera de sí! Todas las veces teníamos la esperanza de poder follarlas ahí mismo, borrachas como estaban. Pero enseguida se quedaban dormidas en nuestros brazos, o a nuestros pies, o cómodamente en las hamacas de la cubierta, con la respiración profunda acompasada al lento mecer de nuestras embarcaciones. Caían en sueños lentos como caramelo fundido, y de vez en cuando hablaban, pronunciaban palabras sueltas casi siempre, retales del sueño, sinsentidos, sonidos encriptados, cifraturas irresolubles. Y nosotros las mirábamos un poco decepcionados. Encendíamos cigarros Romeo nº 2, y los fumábamos con una última copa de Tequila Rio Seco, y repetíamos de memoria aquellos versos inspirados en la misma nada de nuestro vacío, que era una nada llena de tratos inútiles, de desamores, y lentos camiones de mudanzas, y barba de varios días, y contrariedades, despedidas y ojeras, y techos deshilachados que no llegamos nunca a tocar. Eran versos para las monas de aquel pueblo de la costa, pero en realidad eran jirones de nuestra propia música. Nos dejaban más melancólicos que el otoño en un carrusel. Nos horadaban. Nos hacían mierda. Nos pasaban por su pasapuré. Y cuando daban las tantas aún seguíamos deambulando por el desasosiego, hasta que alguien sacaba plumas y papeles y los repartía, y escribíamos. ¿Para qué? ¿Con qué sentido? ¿Para hundir más la rueda en el cieno? Eran preguntas inevitables, aunque no servían de nada. Una estampida de versos nos abandonaba. Nos apuñalaba la sangre, ¡nuestra propia sangre coagulada en cristales! Las palabras lo llenaban todo. Rodaban de proa a popa, se quedaban enredadas de los cabrestantes, se pegaban como lapas a la quilla, se hacían fuertes en el puente de mando. Las bellas lo ignoraban todo y seguían dormidas. De cuando en cuando, una palabra se les trenzaba en el pelo, se les colaba nariz adentro, pero luego la suspiraban y ahí quedaba todo. Hasta en las cartas de los soldados se pegaban, más elegantes, con caligrafía bonita, y cadencia y metáfora. Había que resignarse, escribir era inevitable. Y duro, y dramático, y lleno de recovecos oscuros donde habitan bestias que uno nunca debería ver. Lo de la escritura era una desgracia como otra cualquiera. Iba con uno. No convenía planteárselo. Si nacías con esa tara, te podías dar por jodido. Lo único que cabía era buscarle un sentido, un motivo. En definitiva, un destinatario. Y el primero de nosotros en hacerlo fue Louis Ferdinand. A la bella Molly, a la hermosa Lucette, le escribió infatigable hasta quedarse sin aliento. De las yemas de los dedos se le desprendían letras melancólicas, hormigas, migas negras caídas de la belleza que guardaba de ella, tanta como para veinte años, decía. “Tan viva, tan cálida, que aún me queda para los dos y para por lo menos veinte años, el tiempo de llegar al fin”. Y eran palabras que bien se las hubiera podido escribir otro a Beatrice, a Isabel, a la misma Nicola Six, Anne Hall, Remedios la bella, Jan Gabrial, Oja Kodar, o también Raquel Sánchez, claro, por quien nunca nadie se cortó un lóbulo, pero en quien pensábamos a menudo, con la misma tristeza desquiciada y salvaje que invadía como gorriones las copas de los árboles, hacía funcionar los semáforos de las calles vacías, o dejaba en el cielo del paladar el sabor blanquecino de la nieve que caía a lo lejos, muchos kilómetros al norte. Estaba claro que éramos una pandilla de tristes, de desgraciados. Que habíamos fracasado en todo. Que nuestras vidas daban pena. Y que aun así, nada era para tanto, nada había sido tan malo. Teníamos algo que dignificaba todas nuestras miserias. “He defendido mi alma hasta ahora, y Molly me regaló tanto cariño y ensueño en aquellos meses de América, que, si viniera mañana la muerte a buscarme, nunca llegaría a estar, estoy seguro, tan frío, ruin y grosero como los otros.” La memoria era una trampa para morosos. Las princesas se despertaban casi al anochecer. Les dolía la cabeza del alcohol y el cuello de la postura. Les dolía la garganta también de la fruición de las palabras. Tenían los labios enrojecidos por viento caliente cargado de salitre. Las noches tenían los techos bajos. Las estrellas nos rondaban la cabeza como insectos radioactivos. Ellas se guardaban en el escote las cartas y volvían caminando a sus casas. Sus madres las esperaban preocupadas. No se fiaban ni un pelo de nosotros. Y no les faltaba razón. Éramos unos tíos de lo más extraño. A miles de kilómetros todos los jóvenes del país andaban mordiendo el polvo de las trincheras. ¡Jugándose el gaznate a la lotería de la patria! Muchos de ellos no regresarían nunca. Sus pobres novias lo sospechaban. Incluso alguna lo deseaba. O eso nos gustaba creer, como si hubiéramos entendido que sus palabras dormidas nos hablaban de un sueño tan hermoso y profundo que solo se puede evocar en secreto. A espaldas incluso de uno mismo. 

sábado, 12 de marzo de 2011

PALABRAS DE AMOR Y BICICLETAS


Alguien se preguntará que tiene que ver el amor, sus palabras, con  las bicicletas.
Nada. Absolutamente nada. Como nada tiene que ver la noche con la ausencia, los días de sol con los recuerdos, el azul con la inmensidad y el negro con la pérdida infinita. 
Pero un día, mientras pensaba en lo que dejaba a medio camino, empecé a fijarme en las bicicletas. Las veía, las fotografiaba, las dibujaba, incluso las imaginaba. Intentaba concentrar en un armazón de hierro, los sentimientos que sostenía como podía. Un extraño paralelismo. Un equilibrio complicado.
Las relaciones mentales y emocionales que establecemos con los objetos, las personas y los sentimientos, son curiosas. Desde entonces cada vez que veo una bicicleta me acuerdo de lo que fue, de lo mucho que le quise y de que tal vez, sólo tal vez, él no supo en que medida.

"Ella em va estimar tant...
Jo me l'estimo encara.
Plegats vam travessar
una porta tancada.

Ella, com us ho podré dir,

era tot el meu món llavors
quan en la llar cremàvem
només paraules d'amor..."


Rosario Flores - Palabras De Amor (Joan Manuel Serrat)

viernes, 11 de marzo de 2011

MI AMOR TU YA SABES


Salimos de la reunión escopeteadas, cogemos el coche y salimos huyendo como si fueramos el "Vaquilla" escapando de la Guardia Civil. Llegamos a la gasolinera, tenemos que repostar. Primer problema, no recuerdo si va a gasolina o a gasóleo. El coche es de alquiler, que es tanto como decir que somos dos desconocidos. 
Se nos ocurren distintos sistemas para intentar averiguar cual es el alimento natural de esta bestia de metal.  Tras discutirlos, optamos por uno, meter el dedo en el depósito como si fuera una tira de medir la acetona. Segundo problema, Berta dice que ella no mete el dedo en el tanque para oler, y mucho menos para chupar, lo que hay dentro del depósito. Le explico que no, que sólo es para  comprobar si el líquido elemento es muy espeso o poco espeso. Unas gotitas para palpar y decidir, -ina o –oleo. Pero dice que ni hablar, que lleva las uñas de gel y que si mete el dedito en semejante agujero negro, en cuando lo saque se le habrán desintegrado los noventa euros del ala que ha pagado por lucir unas manos dignas de una princesa y que en época de crisis no está para este tipo de dispendios.
Reconozco que lo he intentado  yo, pero mis dedos no son los de Berta, sólo consigo que bailen suspendidos en el aire, bajo los efluvios del combustible. Nada, no consigo ni una mísera muestra con la que hacer la cata.
He acercado el dedo a la nariz. Dicen que el gasóleo huele amargo y que no coloca.  No tengo ni idea. Nunca pensé que la gasolina pudiera ser dulce y el gasóleo amargo. Ni que la gasolina fuera como un lexatin. La mecánica nunca ha sido lo mío. Empieza a oscurecer y hace frio.

En esta gasolinera autoservicio nadie nos va a ayudar. Más que nada porque no hay nadie, sólo un surtidor pre-pago por tarjeta de crédito, una máquina de autovending con café y gominolas y una cámara que nos está contemplando como el “ojo que todo lo ve”.
No nos queda alternativa, tenemos que buscarnos la vida. Tiramos una moneda al aire, si sale cara: gasolina, si sale cruz: gasóleo.  Que salga el sol por Antequera. 
Berta lanza al aire la moneda y mientras va cayendo dando vueltas sobre sí misma, un  estornudo nervioso hace que le dé un manotazo que lleva al vil metal a caer dentro de la ranura de una alcantarilla. Increíble. Tenemos que volver a empezar. Necesitamos otra moneda urgentemente. Rebuscamos en los bolsos, los bolsillos. Nada, las últimas se fueron en la máquina de gominolas.
Insisto a Berta en que tal vez debería meter el dedo en el depósito y rebañar unas gotitas. Me mira con cara asesina y me dice que ni hablar. Empieza a dar vueltas alrededor del coche, primero en el sentido de las agujas del reloj, después en sentido contrario, dice que no puede pensar, que se ha bloqueado y que lo que quiere es hacer pis.

Ha oscurecido. La situación empieza a ser surrealista.
Berta, se sienta en el bordillo. Llevamos una hora y cuarenta minutos intentando dilucidar si ponemos gasóleo o gasolina al coche. Las baterías de los móviles están agotadas y no nos queda ni un chicle en el bolso. Me siento a su lado. El bordillo está frio. La postura deja a la vista mis calcetines amarillo pollito.
Berta mira mis pies. Un dedo acusador apunta a mis “wolford” mientras demoledoramente sentencia que es el amarillo el que nos ha traído la mala suerte. Nunca, nunca hay que vestir de amarillo, dice entre grandes aspavientos. Le recuerdo que no es artista, que lo suyo son otras cosas más prosaicas y que, aunque no le gusten, mis calcetines amarillos son todo elegancia y estilo y que le quedan fenomenal a mis botines. Tuerce el gesto, hace un mohín y me llama Satanás.
Miro el reloj, estamos haciendo el panoli y por esta carretera no pasa ni el tato. Cualquiera pensará que estamos a miles de kilómetros de la civilización, pues no, sólo estamos a unos quince kilómetros de la ciudad. Sin embargo, esta sierra urbanita se nos está poniendo de lo más hostil. Llevamos más de una hora en una gasolinera robotizada, de una carretera secundaria, con el depósito vacio, con un “ojo de pez” que nos observa con recelo, sin una moneda para decidir que debe beber el vehículo que descansa frente al surtidor y sin provisiones de ninguna clase (las gominolas me las comí de una atacada en pleno ataque de gordez hace ya una hora).
Los elementos se han confabulado para que no lleguemos a ningún sitio. Creo que tendremos que hacer noche en esta estación de servicio.
Berta empieza a jurar en arameo y a recitar la lista de los Reyes Godos, para no acordarse del nombre del que nos alquiló el coche, ni del de mi madre por no preguntar si el coche iba a pilas, a gas o a empujones.
Creo que ha llegado el momento de la crueldad. Le cuento a Berta que no muy lejos de aquí aparecieron el cuerpo de unas cabras muertas por unos extraños ritos y que nadie se explica como fue. Me mira con cara de loca y me dice que como siga así se encierra en el coche y me deja fuera. Mi crueldad ya no tiene límite y le cuento que, en realidad, soy un holograma, que esto no es una estación de servicio, que todo un sueño y que tal vez, en mitad de la noche, aparezcan las cabras y nos destripen empezando  por los pies. Bueno, a  ella, yo llevo los calcetines amarillos de diseño, estoy salvada.
Acaba de dejarme fuera del coche y ha bajado el seguro. Que poco sentido del humor tienen algunas, creo que voy a empezar a contar ovejas, hoy me va a tocar dormir al raso.