viernes, 27 de enero de 2012

ESPERANDO EL GRAZNAR DE DALHMAN



Acaba de marchar el veterinario. Dalhman no está bien. Llego a casa y lo encuentro tumbado en un rincón del estudio, junto a la pared. No es normal. Dalhman es un perro disfrazado de gato que sale en tu busca en cuando oye el tintinear de las llaves abriendo la puerta pero, hoy, soy yo quien tiene que buscarle.

Dejo el bolso en el suelo y le paso la mano por el lomo. Apenas gime mientras gira la cabeza y me mira con sus ojos felinos que anuncian que algo no va bien. Husmea el aire a trompicones en un gesto que repite para que le rasque el hocico.

Llegó a casa en la década de los noventa, dando pequeños brincos y graznando como una gaviota. Fue rescatado en un callejón cerca del puerto, supongo que por eso aprendió a imitar, pensando que le era propio, el ruido de las gaviotas; y aquí sigue, convertido en el rey del sofá, el amo de la prensa y en el mejor descabezador de cepillos para el pelo con mango de madera.

Vamos a tener que esperar unas horas, la noche va a ser larga. Dalhman se me ha hecho viejo y yo me muero de pena.