jueves, 12 de enero de 2012

UNO MENOS UNO


No recuerdo si apagué la luz, si me cubrí la cabeza con la colcha, si bebí un último vaso de agua, pero debí hacerlo, porque lo hago todas las noches cuando me acuesto. Pero  a veces, como ese día, todos esos gestos inconscientes, son el resultado de un instinto entrenado que me acuesta y esconde mi cabeza, porque sabe que sólo así duermo y olvido

Y debió ser así, mientras mi cabeza permanecía salvaguardada del frío, que sentí sus manos recorriendo mi espalda. En una extraña conciencia, me descubrí apoyada en el quicio de la puerta de una casa que debía ser la mía.
No me giré, ni me hizo falta mirarle, le supe. Reconocí sus dedos, sus manos y así, entre la bruma, mi espalda reposó en su pecho, y sus labios en mi cuello.
No me moví de la puerta, ni cerré los ojos, me bastaba sentirle y prolongarlo. Sentí frío en los pies.

A lo lejos, cerca de los humedales, le vi moverse, vigilarme como una fiera que hostiga a su presa. Fijé la atención entre los arbustos y me repetí que mis ojos me engañaban, que me bastaba cerrarlos para hacerle desaparecer. Había vuelto para castigarme, para que su muerte pesara sobre mi conciencia, que el aire se cortara con la espesura del miedo. En mis manos estaba matarle y recuperar la vida que se fraguaba a mi espalda. Cerrarlos le harían desvanecerse pero, desvanecerle a él, mientras yo me mantenía apoyada en aquella puerta de una casa que creía que era la mía, podía hacer desaparecer, también,  a quien ahora me sostenía. 

Sentí el calor de su aliento, su abrazo en mi cintura y decidí saltar al vacío.

Las sábanas estaban calientes y húmedas, mis pies helados. Miré el reloj, medianoche apenas.
Nadie podrá sacarme de la cabeza, esa que se cobijó bajo una manta una noche fría, que por un momento, en un instante indefinido en el tiempo, estuve allí. No tuve más prueba que los restos de escarcha en el empeine y una pequeña marca rosácea en el cuello.

Desde entonces no pasa día que, al levantarme, no me mire los pies, ni que frente al espejo busque esa marca que quisiera que fuera eterna.