domingo, 22 de enero de 2012

MIENTRAS DUERME EL SUEÑO DE LOS JUSTOS


Por un momento, mientras insertaba en el puerto del ordenador el cable del disco extraíble, que se suicidó hace unos meses, he sentido el cosquilleo de la esperanza. No sé qué es lo que me ha hecho creer que un tiempo de barbecho en la estantería le resucitaría cual Lázaro, y de modo milagroso, volvería  de la aparente muerte súbita que le supuso la precipitación al vacio hace ya algún tiempo.

Han sido unos minutos de contenida expectación y, a la vista está, que no ha habida vuelta desde el más allá de los discos duros muertos. Sin embargo, sé que aún camina hacia su “luz blanca” porque, cuando lo conecto, gruñe débilmente y aún expira el aire caliente que le orea las entrañas.

Pero sigue en un coma profundo. Dentro, más de dos mil fotografías, algunas de principios del siglo XX, otras bastante más recientes, algunas cartas y el borrador de dos libros de relatos que duermen, como si de Blancanieves se tratara, el sueño de los justos.

En un intento desesperado por devolverlo a la vida, por extraer su esencia y conservarla conmigo, lo destriparon manos cuidadosas que certificaron su muerte. Pero soy difícil de convencer cuando quiero conservar junto a mí las cosas que quiero, aunque sean odiosas.

Desconecto el cable con cuidado, lo envuelvo alrededor el disco, lo guardo en la caja y lo devuelvo a esa especie de urna acristalada que debe conservarle en estado aparentemente inmortal durante algún tiempo más. 

La agitación con la que comencé la mañana se ha ido apagando poco a poco y ahora, después de comprobar que no es sencillo recuperar a los muertos, me  dispongo a esperar sin prisa. Forzosamente llegarán tiempos en los que la ciencia avance y pueda recuperar los gigas de vida que se contienen en algo tan muerto como un disco duro y entonces, de nuevo, vuelva al estante en busca de un tesoro que iba camino de la luz y no llegó nunca.