sábado, 7 de enero de 2012

MILONGAS Y CADENAS PERPETUAS ENCUBIERTAS


Debe ser que estamos en Navidad, se nos reblandecen las cosas, y al igual que antes se llevaba lo de “sentar un pobre a la mesa” ahora se lleva aquello de la rebelación popular y populosa contra las supuestas “cadenas perpetuas encubiertas” que por lo visto existen en este país. 

Así es como se ha empezado a llamar lo que "sufren" quienes llevan cumpliendo condenas (no una sola, sino muchas de ellas), durante más de media vida. Una "condena" indecentemente larga. 

En Navidad suena bien, no lo negaré, pero alguien olvida poner sobre la mesa que ese que lleva media vida en prisión cumpliendo esas sucesivas condenas, lleva la otra mitad delinquiendo.
Es necesario recordar que cuando una persona comete un delito (comportamiento socialmente reprobable, recogido en un Código Penal que, en el mejor de los casos, al menos en el nuestro, es el resultado de la actividad legislativa de una cámara democráticamente escogida), queda sometida a un juicio en el que, tras ejercitarse las defensas y acusaciones correspondientes, se dictará una Sentencia en el que quedarán determinados los hechos que han quedado probados y, en consecuencia, la sanción penal o absolución que corresponda. Y esa condena, debidamente motivada, no será arbitraria, sino que se producirá tras la correspondiente actividad probatoria que habrá enervado la presunción de inocencia de la que goza todo ciudadano (delincuente o no), en virtud de los derechos fundamentales que nos reconoce la Constitución Española. Con ello quiero decir que nadie ingresa en prisión porque sí, salvo errores judiciales (que puede haberlos).

Por eso, me produce cierto sonrojo escuchar las cosas que se escuchan en estos días sobre estas “cadenas perpetuas encubiertas”. En este país, y en muchos otros también, existen sujetos que son condenados reiteradamente por la continua comisión de delitos. No pararon de delinquir con la primera, ni con la segunda, ni con la tercera condena. Entraron y salieron de los centros penitenciarios donde no sólo debían fajarse con el castigo social que la pena comporta, sino que, se supone, debían arrepentirse de sus comportamientos antisociales e intentar rehabilitarse. 
Obviamente, con determinadas personas eso no es posible, ni lo será jamás. Algunos claman diciendo que el sistema no funciona, que no da oportunidades al delincuente para que este se rehabilite. Puede que sea cierto, pero no sólo el sistema debe poner a trabajar su maquinaria en pro de esa rehabilitación, sino que el “trabajo” principal corresponde al propio penado que, en la mayoría de ocasiones (sobre todo en estos casos de reincidencia en la actividad delictiva) no se arrepiente jamás y tiene ahí, en la permanente comisión del delito, su modus vivendi. Arrepentirse y pedir perdón a las víctimas del delito es fundamental para que la rehabilitación del penado sea efectiva y cierta, sin eso, sin este elemento subjetivo en el comportamiento del delincuente, su rehabilitación no es posible. Estoy convencida de ello.

Por todo esto, me causa mucha pena, y muy poca gracia, las manifestaciones que se producen pidiendo la libertad de quien lleva muchos años de prisión por los delitos que ha cometido a lo largo de su vida. Y me produce mucha menos gracia cuando, por mantener una postura progre que nada tienen que ver con el día a día ni penitenciario, ni social, se dice que esos delitos cometidos “no eran tan graves” (creo que la gravedad la marca el código Penal cuando fija la pena a los delitos y las falta, no la época del año en que se discute sobre el tema). 

Creo que todos esos que abogan por indultar a un delincuente recalcitrante, que ha tenido oportunidades para dejar de delinquir, de arrepentirse, pedir perdón y no sólo no lo ha hecho, sino que  ha continuado delinquiendo en el tiempo, deberían colocarse en la posición de la victima que sufre las consecuencias de esos delitos “tan poco graves” de los que se habla y que, no es por desmontar el chiringuito demagógico de algunos, acostumbran a ser robos con violencia o intimidación, delitos en los que lo único que podía valer poco era el botín obtenido pero casi nunca el miedo causado a quien lo sufre. 
No olvidemos que la amenaza de muerte o de un mal, las agresiones pueden ser igual de violentas para robar una barra de pan como una cartera con un millón de euros dentro. La gravedad está en el hecho violento de la sustracción no en la rentabilidad para el delincuente, por poner un ejemplo.

Todo eso es lo que creo yo. Y si un señor tiene  un historial de 30 años atracando, robando, etc., aunque no tenga “delitos de sangre”, pues creo debe cumplir con su condena, y si resulta que ahora socialmente eso ya no está bien visto pues habrá que reformar las Leyes para que esos que se han pasado media vida jodiendo a la sociedad, sin voluntad de enmienda, salgan a la calle en loor de multitud y una pensión a cargo del Estado.