jueves, 14 de enero de 2010

ESPIRALES


Consumo los últimos minutos antes de entrar a trabajar, bebiendo pequeños sorbos de una taza de té muy caliente. Descubrí, hace ya mucho tiempo, el placer de disfrutar del silencio y de mis pensamientos con una taza en la mano. Por eso, intento mantener este pequeño ritual que me alienta y consuela siempre.
Estoy sentada en un taburete altísimo, frente a un enorme ventanal, mientras me pierdo en la elaboración de mis propias historias. Mantengo las manos muy juntas, casi superponiéndolas, sujetando la taza como un asidero a mi mundo. Está ardiendo y me siento reconfortada. Pero no tengo claro que el confort que este gesto me aporta, sea por el calor que desprende la loza. Creo más bien que el bienestar me lo da la seguridad de unos gestos repetidos, unos gestos realizados con total consciencia para provocar tu llegada.
Encadenamos movimientos que invariablemente nos llevan a los mismos pensamientos. Somos circulares. Y en esta espiral continuada nos movemos, tú, yo, los dos.
Apuro un último sorbo y me encamino hacia la puerta. Te dejo aquí, sentado en este invisible taburete para que mañana, cuando vuelva,
te encuentre de nuevo en este lugar que sólo existente en mi mente y me permite, como en un improrroga imposible, verte una vez más.
Ahora te tengo que dejar.