martes, 5 de enero de 2010

SONATA AZABACHE

Me quedo a solas con ella, quiero que así sea, es mi princesa. Ella aún no lo sabe, pero cuando llegó a este mundo la pena nos tenía a todos sobrecogidos, apenas semanas antes las perdidas que sufrimos habían sido brutales, irremplazables. Ella llegaba como un soplo de vida nuevo.

Mi princesa vive en una completa oscuridad. Lleva toda la tarde llorando, no quiere estar con nadie, no sabe que quiere o somos nosotros que somos incapaces de comprenderla.
Gira entre sus deditos el enorme rizo que cae sobre su cara y ni así encuentra consuelo. La siento en la alfombra, muy cerca de mí, la cojo de las manos y mientras se las beso para que me reconozca de nuevo, le susurro que hoy vamos a entrar en un mundo distinto.
Hoy entraré yo en la oscuridad. Me coloco una venda sobre los ojos. Ahora ni ella ni yo vemos nada. Llora insistentemente y no sé que es lo que tengo que hacer. A mi lado, sobre la alfombra tengo un botellín de agua, un paquete de galletas, una muñeca de trapo y un pequeño equipo de música.
Sigue llorando y ni siquiera abrazándola consigo que afloje un sólo segundo. La siento sobre mis rodillas y la acuno como aquel bebé que fué.
Princesa, no llores. Intento tararearle al oido las canciones que a mi me cantaban, y sólo consigo que los llantos se transformen en sollozos. Le acaricio el pelo, mientras le susurro que es mi princesa, que los dragones ya se han ido y que hoy sólo hay sitio para las niñas bonitas. Ella no sabe que es bonito, que es feo, pero me da igual. Ella es preciosa, una muñeca de increibles rizos azabache. Todo en su vida es azabache. A ciegas, pulso un botón y empieza a sonar “Moonlight sonata”.
Tras más de veinte minutos de llanto, su mano derecha termina apoyada sobre mi hombro. El milagro no lo he conseguido yo, ha sido Mozart.
Hoy por primera vez esta preciosidad descansa su cabeza sobre mi hombro y noto el pegotito de su nariz clavado en el hueco que se forma entre mi cuello y la clavicula, aspirando el olor que a partir de ahora identificará siempre conmigo Ahí me reconozco en ella y me sorprende, pues nuestros lazos no son más que meramente circunstanciales y apunto de quebrarse, y sin embargo, es allí precisamente, en ese lugar, donde yo siempre busco consuelo y refugio. Por fin duerme y yo retiro la venda.