viernes, 11 de febrero de 2011

DISFRACES


 

Barcelona, 7:15 de la mañana. Un taxi me recoge en la puerta de mi casa. Está lo suficientemente oscuro para no saber si el día nos coronará, de nuevo, con la pertinaz nube tóxica bajo la que vivimos desde hace unos días. Miro por la ventana esperando ver la cola del anticiclón que tiene que llevarse el veneno que nos está matando poco a poco.
El coche está limpio, el taxista va escuchando a Chopin. Me pregunta si quiero que baje el volumen. Le digo que no, que al contrario, casi prefiero que lo suba un poco. 
El recorrido es largo. Mientras voy escuchando viene a mi cabeza un libro que leí, hace ya algún tiempo, sobre George Sand, sobre su vida, su relación con Alfred de Musset y con el mismo Chopin.
Cruzamos la ciudad, circunvalándola por sus entrañas.
Pienso en los disfraces, en la necesidad de vestirse de lo que uno no es, como George Sand, para sobrevivir en ambientes hostiles. Yo misma y mi disfraz. 
Visto un sobrio traje chaqueta, unos zapatos altos y un portadocumentos que transporta los secretos mejor guardados de alguien que me interesa más bien poco. Me disfrazo y juego al despiste. Me caracterizo y me creerá más fuerte, implacable.
Pero como George Sand, mi interior hoy es de vaquero viejo, zapato bajo, cola de caballo y me interesa poco lo que llevo bajo mi mano.
Llego a destino, me despido del taxista agradeciéndole el silencio y el concierto de Chopin. Encontramos la mirada en el retrovisor, me desea un buen día y  me recuerda que por fin es viernes.