sábado, 12 de febrero de 2011

HOY PERDÍ MI OMBLIGO



Hoy ha sido un sábado especial. Quedan aún algunas horas para cerrar el día pero puedo ya tildarlo de especial, muy especial.
Empezó muy pronto, a eso de la una de la madrugada, después de cenar, mientras dábamos cuenta a unas copas antes de retirarnos. Venía aplazando esta cena desde hacía meses y ayer, cuando lo único que quería era llegar a mi casa, darme una ducha y ponerme a pasmar en el sofá disfrutando del silencio más absoluto, recibí una llamada. Me invitaban a cenar y la pereza amenazaba con imponerse. Lo tenía fácil, el cansancio de los cambios laborales, acostarme tarde las dos últimas noches y una salud resentida, me tentaban para volver a decir que no. Pero no. Así que me colé en la ducha, me dí una ampolla de belleza “flash” inmediata para disimular el cansancio acumulado y me fui a cenar.
Me alegro de no haber sucumbido a la pereza que arrastro. Me encontré con algunas personas que hacía tiempo que no veía. Una alegría de las de verdad.
Fue en el momento de las copas, después de ponernos al día sobre nuestros cambios vitales, de explicar las últimas cosas hechas, los proyectos en mente, cuando mi interlocutor me invitó a conocer el suyo. El sábado es un buen día, dijo. Debo decir que la hipnótica alegría del momento, las copas y un fin de semana para dedicar a la contemplación, me hizo aceptar sin demasiado esfuerzo. Así que no había excusa.
A las 10 de la mañana me he encontrado con Manel.   Es médico, oncólogo pediátrico. Le conocí cuando ambos frecuentábamos el bar de la facultad de medicina, el único lugar que nos daba de comer por 300 de las antiguas pesetas. Con el tiempo, nos perdimos la pista pero, hace ahora unos meses, por aquellas cosas que te depara la vida profesional, retomamos el contacto.

Nada más llegar, hemos subido a su planta. Si alguna vez se pasean por un hospital en el que los niños son los pacientes de enfermedades tan gravísimas como las que circulaban por ese lugar, no dejarán de sentirse sobrecogidos. Creo que mientras recorríamos el pasillo y veía el interior de las habitaciones he ido menguando.
Hemos llegado a la sala de juegos. Había 8 niños con dos voluntarias. Todos calvos, claro, y dos de ellos con una especie de petacas colgadas en bandolera, una bomba de medicación.
Cuatro de ellos esperaban que llegaran sus padres o familiares, dos están en un centro de acogida de la Generalitat con lo que no esperaban a nadie, uno esperaba a su abuela y al otro no he conseguido arrancarle ni una sola palabra.

En cuatro horas me han peinado colocándome todas las orquillas, gomas y clips que han encontrado en la planta, he dibujado para que colorearan dieciséis elefantes, otros tantos osos y alguna que otra princesa. He cantado (con mis pocas dotes para el canto) canciones que previamente han tenido que enseñarme. He leído dos capítulos de Harry Potter, dos cuentos de Jeremy Stilton (desconocido para mí hasta hoy) y he ayudado a repartir algunos zumos para que se tomaran las “power ranger” (sus medicaciones). 
Lo he pasado bien, creo que ellos también. Volveré, con toda seguridad sin menguar un ápice.
Hoy he aprendido una lección importante. No la de la solidaridad, ni milongas como esas (la solidaridad no nace de un cuento lacrimógeno, ni de las simple visualización de imágenes que nos impresione, sino que nace de la conciencia del ser humano para con sus iguales y eso no tiene nada que ver con lo de hoy), sino la de la necesidad de dedicar parte de nuestro tiempo a otros y hacerles la vida más amable a los demás; la de mirarnos menos el ombligo y arrimarnos donde podamos aportar unos segundos de bienestar.

No tenemos derecho a quejarnos de nada. Cada uno tenemos lo que nos toca en suerte y tenemos que aprender a vivir con ello. La vida es algo maravilloso que vale la pena vivir, hay que tener esperanza. En medio del dolor hay lugar para la alegría.
He estado con unos críos a los que no se les puede estropear sus momentos, un tiempo que algunos de ellos tienen contado y tachado de antemano en un calendario. Y estoy segura que estropearíamos sus momentos si supieran que frente a sus gravísimas situaciones, de las que no he oído quejarse a ninguno, y a las complicadas situaciones por las que pasan les expusiéramos nuestra preocupación por cosas tan estúpidas como lo que hace menganito, hace zutanito o los “males” que nos "afectan".

Ese es el proyecto de Manel, intentar hacer que estos niños vivan una vida lo más normal posible, con estupendos momentos y risas, dentro de la anormalidad que les ha tocado vivir. Con unos momentos en los que se valore lo realmente importante, el ahora y el estar bien en este mismo instante, de mañana ya nos ocuparemos cuando llegue.

Vuelvo a mi casa con una extraña sensación. No es de alegría, ni de desasosiego sino tranquilidad y sorpresa. Y es que me sorprendo por la capacidad vital de algunos y lo gilipollas que a veces nos ponemos otros.
Prometo enmendarme, dejar de preocuparme por estupideces y ocuparme de lo que importa.