jueves, 2 de febrero de 2012

NI TODOS ANGELES, NI TODOS DIABLOS


Mi padre, una figura de autoridad. Mientras fuimos pequeños obecedíamos sin chistar. Un hombre en apariencia tranquilo, firme, sin estridencias que había aparcado para otro momento (uno que no llegó nunca) su verdadera vocación, para que los que dependíamos de él salieramos adelante. Un hombre serio, un hombre callado. Jamás una voz por encima de la otra, ni un gesto de fuerza. Obedecíamos sin discusión. 
Al ir creciendo teníamos tres alternativas: seguir obedeciendo unas normas que el paso del tiempo había instaurado como usos de la familia, aparentar obedecer sin hacerlo, cuestionar y negociar. 

Empecé a cuestionarle muy pronto y desde entonces comencé a negociar. Las negociaciones duraron años. Con el tiempo he comprendido que era lo que le divertía. Negocié, en mi adolescencia, normas impuestas que, entonces no entendía, provenían del temor a que algo terrible nos pudiera ocurrir; negocié en mi primera edad adulta cuando mi sentido de la independencia me impedia sujetarme a algunas costumbres que se habían quedado caducas y  negocié para obtener mis propias parcelas de poder. Negociamos y negociamos, jugando al ratón y al gato. El enfrentamiento directo, sin negociación, sin puesta sobre la mesa de alternativas, sólo daba lugar a cerrarse en banda, por uno y otro lado.
Muy pronto dejé de obedecer. Negociamos mucho, de todo. Pasé a cumplir pactos y él también. Así fue durante años, incluso cuando ya no vivía en casa.
Los que me precedieron creen que esa manera de  tratarnos se sostenía bajo el parametro del hijo predilecto. No es cierto, no lo era (el que se llevaba ese galardón era el que más disgustos le dió toda su vida. Suele ser así). Creo que en realidad fue más sencillo. En lo externo, soy como mi madre. En lo interno, soy como mi padre.

Negociamos hasta poco antes de fallecer (tú arreglas tus papeles y yo haré que se cumplan sin problemas; tú sigues el tratamiento y yo me afeito la cabeza; yo te hago caso y no me afeito la cabeza y tú vuelves a reanudar el tratamiento; tú vuelves a dibujar y yo no se lo digo a nadie). Cuando apenas le quedaba aliento, dejé de negociar y volví a obedecerle. No sé si me equivoqué y debí negociar. No lo hice, le obedecí a ciegas, sin cuestionarle. Creo que él lo quiso así. Por eso hoy no tengo un lugar donde ir a discutirle nada y cuando quiero encontrarle o tener un punto de referencia sólo puedo mirar al Mediterráneo.