miércoles, 8 de febrero de 2012

DESCONECTAR



Decididamente, hoy ha sido un día fatal. Me costó dormirme, si a acostarse se le puede llamar dormir. De madrugada, Dalhman, con un llanto lastimero me llamaba desde el salón, le molesta la sonda. Una horita de guardia en el sofá y vuelta a la cama, imposible dormir. Olvido el móvil en casa, y mi madre que anda haciendo el turista por la costa levantina, llama a mi trabajo pensando que me ha secuestrado una banda de chiitas, al no contestar sus llamadas. Sentada en mi mesa, con los papeles que me sobresalen, cede el ala de cristal y terminamos recogiendo pedacitos adiamantados de una mesa que me costó un ojo de la cara y que, al final, ha cedido al peso de la mala leche humana (Sí, sobre esa ala de cristal, eso es lo que se acumula). La impresora, con todos sus aditivos de fax, escáner, etc., ha decidido que está en situación de huelga, no le gustan los folios que utilizamos y ha dicho basta, que imprima otro. 

Para aumentar el cúmulo de sinsabores matutinos, tres de las seis hora que dedico al buen hacer laboral por las mañanas, me las he pasado al teléfono haciendo terribles ejercicios de contención con el consiguiente dolor de cabeza que conlleva cuando uno se traga el veneno para dentro en lugar de expulsarlo hacia fuera.

Pero las cosas nunca vienen solas, no. Cuestiones domésticas por las que una saldría corriendo con destino a Tombuctú con billete de ida y vuelta imposible, visita al dentista con el consiguiente dolor, no sólo en la mandíbula sino también en el bolsillo; ahondan en el día infernal que se remata con un correo electrónico que me confirma el fracaso estrepitoso en la última aventura profesional de un gran colega.
Y cuando parecía que la cosa remontaba con un café precipitado antes de entrar en una mesa redonda, los piropos de unos borrachitos, colocados de Don Simón, terminan por deprimirme.

Hoy es un día gris, tirando a negro, aunque una cosa es cierta, desconectar con JP Harvey no está mal.