jueves, 23 de febrero de 2012

PRESENTACIÓN DIARIO DE INVIERNO -PAUL AUSTER- (Barcelona, febrero 2012)


Estamos acostumbrados a ver cómo se llenan los estadios para ver señores en pantalón corto corriendo detrás de un balón, ver las salas de conciertos repletas de fans incondicionales del cantante de culto. Sin embargo, no es habitual que un escritor consiga congregar a ochocientos lectores en dos salas abarrotadas y que, con una naturalidad pasmosa, convierta la presentación de su último libro en una auténtica tertulia. Y eso que parece asombroso, por lo inusual, es lo que ha conseguido Paul Auster con la presentación en Barcelona, de su libro “Diario de invierno”. Es evidente que el escritor americano despierta una gran admiración entre los lectores de este país y se ha convertido, a golpe de novelas, en un autor de culto, adorado por algunos, despreciado por muchos otros. Auster no deja indiferente a nadie.

“Diario de invierno” es un libro autobiográfico y nos invita, desde la perspectiva del “tú” y del “él”, a sumergirnos en sus pensamientos, en sus reflexiones, en un pasado sorprendente en muchos casos que nos arrima a la nostalgia, al dolor, a sus íntimas heridas, todo ello desde la alerta de un cuerpo que ha entrado en la decadencia física que los años trae.
Auster define la escritura como una enfermedad y no duda en afirmar que todo escritor tiene un punto de locura del que no puede sustraerse. Y es que, según el autor, no puede entenderse de otra manera que alguien pase su vida prácticamente a solas, en una habitación, inventado historias, desconectado del mundo, sufriendo lo indecible por no poder articular una idea, un pensamiento, que le absorbe. Sólo en la necesidad de narrar, de mirar y escarbar en la base de la psique, dice Auster, encuentra el escritor un alivio temporal.
El origen de las obras de Auster es la gente corriente, las increíbles historias que les suceden. El mundo como un caos, como un todo imprevisible, que nos empeñamos en intentar ordenar para, inmediatamente volver a desordenarlo.  Sus libros contienen, casi siempre, historias propias que el autor pone en boca de otros.

Fue un auténtico placer escuchar de boca del propio escritor sobre su pasión por los cuadernos de notas que escribió Joseph Joubert y que perduraron en el tiempo gracias a la publicación que de los mismos hizo François-René de Chateaubriand. Cuadernos llenos de pensamientos y reflexiones, alejados de las notas que podría contener un diario personal. Diarios del que el propio Auster huía en su juventud. No hay nada más absurdo que escribir lo que se hace, lo que se siente, si el destinatario de eso que se escribe es uno mismo. Esta concepción de la escritura de diarios personales fue modificándose  con el tiempo al comprender que esos escritos nacen de la necesidad de poder recordar. Pero esta idea de diario como refugio de la memoria, como dice el escritor, le llega tarde, con la pereza instalada en su vida.
Con “Diario de invierno”, el autor, en el invierno de su vida, se nos desnuda, se nos entrega sin ambages y pone sobre la mesa una intimidad precisa para que el lector no se sienta defraudado por la falta de honestidad en el relato. Escribir es agotarse, experimentar una enorme sensación de excitación y fracaso. Y es frecuente, entre quienes escriben, vivir en la permanente sensación de sentirse mal, cuestionándose de manera continua lo que plasma en el papel. La figura de Samuel Beckett es recurrente en esta charla. La importancia del subconsciente del escritor es vital en el proceso creativo. Es fundamental para el novelista el apoyo de su esposa, la escritora Siri Hustvedt, por sus aportaciones literarias, por el sostén ante el derrumbe del autor que no puede situarse con objetividad frente a lo escrito porque lo tiene interiorizado.  Sus libros nacen, pese a que en ocasiones pueda parecer lo contrario, de procesos muy largos en el tiempo, procesos que se demoran hasta encontrar la frase precisa que le sirve de trampolín, una frase que surge del interior. Sin embargo, a pesar de ello, el propio Auster reconoce que, en ocasiones, el proceso es distinto y que lo que en otras novelas se ha dilatado indeciblemente en el tiempo en otras han bastado unos meses para que esas ideas que bullían en su cabeza encuentren asiento en un libro.

Paul Auster sigue escribiendo a día de hoy en una vieja máquina de escribir Olympia, transformada en una eficaz Frankenstein nacida de la necesidad de ser reparada, completada con los restos de otra máquina tan antigua como con la que de origen escribía. No deja de ser curioso que el autor rechace todo tipo de artilugios informáticos, asegure no tener correo electrónico y vivir en un aislamiento absoluto del mundo virtual que dice no interesarle en absoluto. Teclear con fuerza para que quede impreso lo que quiere mostrar al mundo tiene un efecto balsámico, incluso tranquilizador, por eso, los magníficos ordenadores, con sus suaves teclados,  no son para Auster.
Paul Auster sigue escribiendo, pensando, imaginando historias, pero de una manera más calmada. Afirma que, en el pasado, llegó a tener varios libros en la cabeza a la vez. Y en ese ir y venir de ideas continuas, unas eran escritas en un libro durante el día y otras pensadas durante la noche en las horas robadas al sueño para elaborarlas, no para lo que de día escribía, sino para lo que tal vez hiciera en un futuro.
Afirma el escritor haber escrito mucho, por eso cree que si no pudiera volver a escribir no pasaría absolutamente nada, no sería un problema. Porque no cabe el escribir por escribir, hacerlo de ese modo sería convertirlo en un trabajo y la escritura, vista de ese modo, no le interesa.
Escribir es un modo de vida, el suyo; el nuestro es leerle nuestro mientras se pueda.