domingo, 5 de febrero de 2012

FRACASAR


He tomado conciencia de una especie de vicio, manía, que, con el tiempo, ha tomado unas dimensiones espectaculares. Y lo he hecho porque ahora mismo tengo sobre la mesa unos cincuenta cuadernillos de distintos hoteles del mundo. Cuento cincuenta pero estoy segura que si sigo buscando entre los estantes, acabaré encontrando bastantes más.
Existen personas que cuando se alojan en un hotel atracan el baño y cargan con botellines de jabón, gorros de baño y cepillos de dientes imposibles. Nunca ha sido mi caso, bueno, no es cierto, lo he hecho cuando viajo donde acceder a jabón y dentífrico es casi un lujo. En esos casos sí que arramblo con todo lo que encuentro en el baño. No pasan más de un par de horas hasta que lo coloco todo. En algunos lugares, esos botecitos, o sobres, en muchos casos son un bien preciado, pero no aquí, ni en París, ni en Miami, ni en Praga. Desvalijar el baño de un hotel en Madrid, Biarritz o Palma de Mallorca me parece muy cutre, mucho.

Lo mío, es otra cosa. Y no lo puedo evitar. No hay hotel por el que pase por el  que no termine llevándome ese pequeño montoncito de hojas engomadas. Y tiene una explicación, que no excusa, siempre encuentro un motivo para anotar algo y me produce un enorme fastidio no tener papel a mano. He descubierto que la ansiedad por anotar crece cuando intento conciliar el sueño en cama extraña, y alcanza grados insospechados mientras me desplazo desde el hotel  hasta el aeropuerto, estación de tren, que toque. 

Necesito el papel. Y es una necesidad real, o puede que no lo sea tanto, y yo misma haya acabado creando una costumbre a lo Pavlov. Llego a un hotel y siento necesidad de dejar por escrito miles de cosas. Tengo los libros, esos que viajan conmigo, llenos de anotaciones en pequeñas hojitas de papel con membretes de lo más variopintos. Curiosidades que veo, cartas que nunca envío.

Acabo de colocar todos los cuadernitos en un montón. Ocupan francamente poco. La explicación es sencilla, la mitad de las hojas cayeron por el camino como una metáfora de algunas cosas. Decido hacer propósito de enmienda, y acabar con el vicio de las notas en cuadernillo de hotel, de escribir cartas que no envío, de hacer listas de propósitos que no llevo a cabo.

Fracasaré, lo sé.