jueves, 9 de febrero de 2012

EN EL PARAJE DEL TOLÍN


El otro día me contaron la historia de un hombre. Un personaje nada singular que, con una vida corriente, había llegado a tocar la cima de la popularidad por haber encontrado, mientras paseaba por "Del Tolín", un angosto paraje cerca de la sierra de Madrid, los restos de un niño que años atrás había desaparecido,

Me contaban que el hombre, de natural tímido e introvertido, dedicaba su tiempo a trabajar en un taller de automóviles y a cuidar a su esposa. La mujer, tras la muerte del único hijo que tenían, en un trágico accidente de circulación, quedó en un total estado postración. No hablaba, no se movía, no comía, nada hacía por sí sola. Nadie podría afirmar que no estuviera muerta en vida.

Carmelo, ese era su nombre, la mimaba con celo, la lavaba, la peinaba, le daba de comer, le contaba con todo lujo de destalles las películas que por las tardes veía, sentado junto a ella, aun sabiendo que nadie le escuchaba. Jamás permitía que estuviera sola y le buscó compañía para aquellos ratos en los que él no podía acompañarla.

Un hombre cabal, un hombre corriente, que despertaba las simpatías de su vecinos que le admiraban por su inmenso coraje y bonhomía. A Carmelo, todo el mundo le conocía aunque eran pocos los que se relacionaban con él. Una sombra, a veces un poco enjuta, a la que se reconocía de lejos por la cazadora de paño gris espigada que llevaba en invierno. No se le conocían vicios, salvo algún chato de vino de más y algún que otro paseo nocturno los viernes al salir de trabajar.

Un invierno frío de los de Madrid, a unas manzanas de la casa de Carmelo, apareció medio muerta una mujer. Tenía reventada la boca, los ojos apenas se le veían, el cuerpo cruzado a moratones y desgarros, sangraba por la vagina como si la vida se le fuera por ella. El ensañamiento, dijeron quienes la vieron, había sido brutal. Dicen que era una conocida prostituta del barrio.

Un ocho de diciembre de no recuerdo que año, detuvieron a Carmelo Ponce Viar en el portal de su casa.  La acusación: violación con intento de asesinato. La prueba determinante fue que entre las manos de la mujer,  sujetándolo con fuerza, encontraron el ribete espigado de una cazadora de paño gris.

Con el tiempo se celebró el juicio. El resultado: Sentencia condenatoria como autor responsable de un delito de violación y tentativa de asesinato. Hoy sus huesos se pudren ya en el cementerio de la Sacramental de San Justo.

Carmelo Ponce Viar, era un buen hombre a ojos de sus vecinos, pero nadie, absolutamente nadie, compareció ante los Magistrados que le Juzgaban para explicar que era un buen hombre, que atendía a su esposa, que sufrió como nadie la pérdida de su único hijo y que su vida de hombre cabal se había convertido en un infierno de rutinas y locuras. Al revés, sus vecinos se llevaban las manos a la cabeza cuando pensaban que alguien que hacía tanto bien, cuando se creía invulnerable, hacía tanto mal. Todos clamaban justicia.

Moraleja: Ni la buena fama, ni los buenos actos son un salvoconducto para nada, y menos para eximir la responsabilidad por los propios actos. 
No debemos mezclar las churras con las merinas, ni en este, ni en otros casos. Más nos vale así.