jueves, 2 de febrero de 2012

SHUI

Shui me indicó, con gestos delicados, que debía caminar por encima del estrecho montículo que bordeaba el sembrado, procurando no pisarlo. Seguí sus instrucciones e intenté avanzar caminando poco a poco, colocando primero un pié, luego el otro y así, una y otra vez, intentado ajustar la bota a la estrechez del terraplén. 

Mantener el equilibrio no era sencillo, por eso aleteaba los brazos para sostenerme y no besar la tierra esponjosa.
Unas botas enormes, la falta de costumbre y el barro que se fundía en mis suelas, convertían cada paso en un malabarismo preciso que no conseguía realizar con una mínima elegancia. Provoqué las risas de los que, desde el otro lado del camino, observaban mis torpes intentos por avanzar imitando la destreza de Shui.

Una risa contagiosa me llevó al arrozal y allí, rodeada de diminutas espigas, hundí las manos en el agua cenagosa, y sentí que más allá de lo evidente, de lo efímero de algunas cosas, de la torpeza con la que me movía, era capaz de sentir que mi existencia cobraba sentido.