domingo, 26 de febrero de 2012

LA COLA DE LA OSA MENOR (2.0)

Duerme, tendida en una postura de absoluto abandono. Un sueño balsámico. Recostado, junto a ella, en una postura nada abandonada, fuma y, mientras fuma, la mira, la observa, la estudia.

Las piernas reposan sobre la colcha, de cualquier manera, los brazos abrazados a la almohada, y el pecho, apenas cubierto, oscila al ritmo de la respiración pausada de quien descansa. Transformado en un observador privilegiado, se pasea por ella y queda atrapado en la cintura en la antes estuvo abrazado. Es el espectador de un cuerpo liviano que puede volver a tocar con sólo estirar el brazo. 

Busca su lugar cerca de la curvatura del escote. Ahí está su sitio, perdido entre esa oquedad fugaz, donde dos pequeños lunares, perfectamente alineados, formando la cola natural de una minúscula constelación. Vuelve y lo hace posando los labios sobre esos puntos infinitos. En la nuca una mano dormida que le atrapa en una húmeda duermevela.