martes, 21 de diciembre de 2010

AQUI HUELE A MUERTO...

 
Todos tenemos un muerto en el armario. Un muerto que no siempre está calladito y oculto a los ojos de los demás. Un muerto que de vez en cuando nos recuerda que lo colocamos allí, entre abrigos viejos y que no piensa desaparecer. Los muertos, estos muertos, por muy muertecitos que parezcan estar, tarde o temprano vuelven levantando su mano muerta, nos la pasan por la cara y nos dan unos golpecitos recordándonos, malintencionadamente, que ahí están.
Hace unos días, encontré el muerto de otro. Un muerto que no me toca. Un muerto que debo devolver porque cada uno debemos cargar con los nuestros. Cuando parimos un muertecito, sea por un amor desmedido, por un odio desbordado o, por cualquiera de los siete pecados capitales que nos acompañan, el tufo se nos queda pegado al cuerpo aunque intentemos disfrazarlo perfumándonos de arrepentimiento, cordura, soberbia, decencia y todas esas cosas con las que queremos ocultar, a los demás y a nosotros mismos, que tenemos en nuestro haber un muerto dentro del armario. 
Debo reconocer que su muerto, ese que arrastrará el resto de sus días, que condicionará su futuro, el que le retrata tal cual es, a mi me ha producido cierto alivio y comprender algunas cosas que se me escapaban. Pero sus muertos son suyos, los míos ya los tengo yo y de vez en cuando salen a pasear ellos solitos para recordarme que no debo ningunearlos.
Así que creo que tengo que darme un viaje hasta correos, meterle el muerto en una caja (de cartón) y devolvérselo con una nota que diga que lo ate corto, que se le ha desmandado y los muertos, cuando se rebotan, acostumbran a dejarnos las vergüenzas al aire.

The Communards - Never Can Say Goodbye