lunes, 13 de diciembre de 2010

¡OH! EL INVIERNO YA ESTÁ AQUI

 
El primer juguete que tengo conciencia haber recibido fue un cartucho de plástico transparente con dos tapas en los extremos de color rojo. En su interior, tres o cuatro caballos, un par de indios sioux y otros tantos vaqueros. Todos rígidos, sin posibilidad de articularlos. Ese mismo día, junto a este cartucho, que no tenía nada de sofisticado, me entregaron otro que se cerraba por los extremos con dos tapas de color rosa. En su interior, un diminuto maniquí, una cinta métrica de papel, unos trocitos diminutos de tela y algunos hilos.
Los dos me los entregó mi padre un sábado al mediodía cuando volvió de trabajar. Trajo un cartucho para cada uno de sus hijos, salvo en mi caso que fueron dos. El primero, porque sabía que sería el que me iba a gustar. El segundo, porque era el que me debía regalar. Mis tirabuzones, sugerían el segundo y no el primero.
Han pasado mil años desde entonces. No conservo nada de todo eso. El cartucho de modista fue relegado al olvido a los treinta segundos de abrirlo (creo que alguna de mis hermanas se benefició de ello) y, el primero, me acompañó los juegos durante mucho tiempo y debió desaparecer cuando la realidad se fue imponiéndo para sustituir al “Far West” de ficción.
Alguien podrá preguntarse dónde quiero llegar con esta historia o qué mensaje cifrado encierra.  La respuesta ya la doy yo, no responde a absolutamente  nada, simplemente  tenía que calentarme los dedos en esta mañana fría de diciembre y me he olvidado los guantes.