domingo, 19 de diciembre de 2010

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Pasear por Madrid, sobre todo cuando llega la Navidad,  es un lujo, que nadie debería perderse. Cientos de miles de bombillas inundan la  ciudad convirtiéndola en un espectáculo en sí misma. Vuelvo con la retina llena de luz, habiendo compartido unos momentos más que entrañables y con una lección aprendida que no debo olvidar. Mañana volveremos a la rutina de siempre, a recordar que todos somos prescindibles, sustituibles, que  las apariencias siempre son engañosas, que la casualidad no existe y que, en definitiva, lo que importa es ser honesto con uno mismo.
Los puntos y aparte son agradecidos.