jueves, 9 de diciembre de 2010

LA MUJER DE MI VIDA


Cuando alguien me invita a salir a pasear con la excusa de pasar algún tiempo conmigo, y ese álguien no acostumbra a hacerlo, siempre tengo la sensación de que me ha preparado una encerrona, que me va a poner en un compromiso, a pedirme algo a lo que decir que no me va a comportar problemas. Siempre me genera sospecha. Hoy, pese a que el entorno era de lo más delicioso, rodeados de olivos y pinos centenarios, no ha sido distinto. Alguien quería contarme que ha encontrado a "la mujer de su vida," que  tenía la certeza absoluta. Quería que le confirmara que "eso" del "hombre/mujer" de tu vida existe y que no se equivocaba con la decisión que iba a tomar. 
No tengo por costumbre fastidiarle los sueños a nadie, así que, tras comentar que la vida es difícil pero que si uno no se lanza a la piscina por aquello en lo que cree firmemente pues apaga y vámonos, he buscando en mi bolso, abierto el libro que llevaba, marcado unas páginas y se lo he regalado. Su primer regalo de boda. Le deseo que le vaya bien, muy bien y que se olvide de lo que ve a su alrededor.
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LA MUJER DE MI VIDA (Sergi Pàmies)

Yo llevaba los zapatos mal atados y ella se acercó para avisarme que si me pisaba los cordones, podía hacerme daño. No nos conocíamos, pero resultó ser la mujer de mi vida. Arrodillado y un poco avergonzado, me los até delante de ella, con una actitud reverencial del doncel que espera el golpe de espada que lo tiene que investir caballero.
El incidente, un poco grotesco, fue la excusa para iniciar una conversación, muchas sonrisas, una mirada mantenida a lo largo de los años, viajes, cuatro hijos y esa clase de responsabilidades que obliga a hacer servir palabras tan sospechosas como “madurez” o “compromiso”. En el proceso quedó claro que los hombres y las mujeres de nuestra vida no son nunca los que imaginamos, y que este título de naturaleza sentimental, es, desde todos los puntos de vista, discutible. La temeridad de creerse excepcional se paga con el precio de la inercia que desmiente buena parte de las expectativas. Como que a partir de un momento determinado no hubo gran diferencia entre ser feliz y no serlo, nos concentramos en las dos cuestiones que mantienen la civilización: la intendencia y el interés común.
Fue entonces cuando, en un gesto de rebeldía, decidí no llevar nunca más zapatos de cordones. Sabía que eso equivalía a traicionar mis principios en materia de calzado, a renunciar al convencimiento que el mundo empieza por los cordones, bien atados, de los zapatos, a olvidar el ritual de agacharse y, como explicaba Charles Trenet cuando tenía noventa años y le costaba mucho atárselos, prometer que creerás en Dios si te concede fuerzas para, una vez terminado, levantarte.
Acostumbrarme a los mocasines –de piel vuelta, con o sin costuras marcadas, de suela dura o neumática, clásicos o informales, con borlas o sin-fue contra todo pronóstico, relativamente fácil. Y aunque no lo admitiera, me parecía una aberración haber creído durante tanto tiempo que era el calzado de los conformistas y que los cordones, en cambio, expresaban carácter y creatividad. Era una tontería pero no me sorprendió: entonces ya sabía que entre los castigos que comporta hacerse mayor está el comprobar que puedes menospreciar durante años aquello que más adelante acabarás haciendo con normalidad. Pero volvamos a los zapatos. Los mocasines era más fáciles de poner y de sacar, y eso, en un carácter inclinado al mínimo esfuerzo, es importante. También me aseguraban que nunca más se me desabrocharían los cordones y que, por tanto, ninguna mujer de mi vida no se acercaría para prevenirme que, si me los pisaba, podía hacerme daño (había descartados las botas porque me parecían un calzado de los que hacen avanzar –y retroceder- la historia y yo teníamos una ambición más de estar por casa). Visto con la perspectiva de los años, puedo certificar que con unos mocasines también puedes hacerte daño, y que, de todas las cosas irracionales que llegamos a hacer, amar siempre a la misma mujer  -de tu vida o no- no es, ni mucho menos, la más absurda.


Rachael Yamagata - Quiet


 Traducción: naq