jueves, 16 de diciembre de 2010

NEGRA-NEGRAE


Son las 6:30 de la mañana. Hace un frió atroz. La sensación de helor se incrementa cuando giro la esquina de mi calle y entro en el pasaje que me llevará hasta la boca del metro. Barcelona se ha levantado con un viento que sopla con fuerza, como si quisiera arrancarnos la vida.

Al final del tubo, contra la pared, un ovillo de algo que, estoy segura, es una persona durmiendo entre unas mantas que, pese a todo, aún hoy, no se caen de mugre. Debo ser del género estúpido y me pregunto ¿cómo puede alguien dormir con semejante frió? Me he acercado a la cafetería de la esquina y pido tres cafés con leche, seis azucarillos, y dos bocadillos. Le pido que me lo pongan para llevar. Dejo la bolsa en la esquina junto a una bolsa de marca roída. No lavo mi conciencia.

Acabo de escuchar por la radio, antes de salir de casa, el último informe elaborado por Caritas (una de las pocas entidades en las que hoy en día aún creo. Me da lo mismo que tenga carácter religioso), estamos ante una situación desesperante y no va a parar.

Los índices de pobreza se han incrementado exponencialmente. Lo que unos años atrás nos parecía imposible de ver entre los ciudadanos de este país, que nos parecía cosa de extranjeros sin papeles, es lo que tenemos en miles de hogares de este país, con independencia del suelo en el que a uno lo parieron. La pobreza, la falta de recursos, la falta de un futuro cierto se nos ha sentado en el salón de casa.

Hasta hace nada, era los otros, los extranjeros sin papeles, los marginales, los que se hacinaban en habitaciones y aplicaban el sistema de las “camas calientes”. No tenía nada que ver con lo “nuestro”, como tampoco lo tenía (salvo para sectores más marginales y precarios), las entregas de vales para que una persona pueda adquirir productos de primera necesidad en los comercios de su barrio o de su pueblo.


Pero, hoy ya lo tenemos aquí. Familias enteras están pasándolo mal, muy mal. Las ejecuciones hipotecarias por impago de cuotas de préstamos  contratados, cuando todos atábamos los perros con longanizas y los bancos, con una total negligencia (pese a que cobraban sus buenas comisiones por “estudio”) concedieron préstamos que sabían (porque son profesionales y tienen analistas financieros) que, a un golpe de timón de la economía, llevarían a la bancarrota a muchas personas, están provocando verdaderos infiernos personales. Familias enteras sin techo y sin posibilidad de hacerse con ningún otro, sin ni siquiera la preconizada “solución habitacional” que el Ministerio de Vivienda promocionaba hace unos años. Avaricia de unos y otros. Hoy buscamos refugio en habitaciones en las habitaciones de familiares y amigos. Ya no se busca piso, con una habitación, aunque haya que entrara con calzador, basta.

Da miedo y coraje porque el panorama no es nada alentador. Aumentan cada día las peticiones de ayudas sociales que no existen, aumentan los dramas personales de ciudadanos, como nosotros,  que ven como sus recursos se han agotado y ya ni siquiera les queda margen para las soluciones imaginativas.

El futuro se nos ha teñido de negro. Y da igual de donde sea uno, donde lo parieran, si reza a Dios, a Alá, a Shiva o al Rey Bamba. El caso es que se empieza a pasar hambre de la de verdad.

Pienso en estas cosas y se me atraganta el café de 1,30€.
 
Chopin - Chopin: Prelude in E minor, Op. 28, No. 4 (Barbara Higbie with Philip Aaberg and Daniel Kobialka)