jueves, 23 de diciembre de 2010

RITUALES ANCESTRALES


Un año más cumplo con mi ritual ancestral. Primero, comprar la agenda para el año próximo. Una de papel, semana vista, tamaño un palmo, como accesorio un pequeño bloc de notas incorporado. Mi agenda, mi cuaderno de notas, no sirve para cuestiones profesionales, para ello dispongo de los dispositivos tecnológicos más avanzados del mercado. Mi bloc sólo sirve para anotar cuestiones personales, algunas de organización: una exposición, peluquería, renovación DNI, comprar libro X, sacar entradas para el cine, comprar billetes de avión o de tren, y otras simplemente de impresión, ilusiones, decepciones, proyectos: la alegría de una comida, el funeral de un amigo, la tristeza de lo oscuro, el regalo pensado, las imágenes que me impresionan, las citas que me atrapan.  Por este motivo, cada cambio de agenda es un cierre de puerta a un pasado que queda enterrado entre unas hojas de papel que han perdido el lustre a lo largo de 365 días.
La segunda parte, repasar la del año que termina por si en ella hay algo que precise, quiera o merezca pasar al siguiente. Este volver sobre el pasado que ya no está, es como subirse a una montaña rusa, ascensos y descensos interiores encadenados (empiezo a pensar que la edad me ha vuelto ciclotímica). Leo con atención las anotaciones. Es curioso. A lo largo de los doce meses, se repite una impresión continua, una corazonada que se ha materializado. No tiene mayor importancia, sólo sirve para confirmarme que la intuición existe y que aunque en ocasiones todo parezca difuminarse y confundirse, algo nos mantiene alerta. Sigo leyendo, dispongo de tiempo y en esta sala alicatada en blanco, no tengo muchas más cosas que hacer salvo esperar y leer.
Sonrío, o no. Llego a un regalo de cumpleaños que ideé e imagine durante semanas, que preparé mentalmente con toda precisión. Un golpe de timón, y la recurrente idea de que todo es efímero y nos blandimos contra el dios de las tormentas, hicieron que el paquete quedara en la estantería de mi estudio y ahí sigue, envuelto a mi manera. Debería deshacerlo y distribuir lo que en él se contienen para que pierda la unidad que conjuntamente formaba su contenido. Aún no sé por qué no lo he hecho ya.
Se me ensombrece la vista. Demasiadas perdidas en poco tiempo. A veces cuesta creer que la vida sea justa. Continúo el camino y me impresiono “Y yo me veo haciendo el idiota y me pongo enferma. Qué sé yo”. Listados y más listados. Amigos que van desapareciendo, míos, ajenos. Horas para el café de la risa, horas para el café de las lágrimas contenidas. Hecatombes emocionales. Sigo leyendo como si fueran las notas de un extraño. Me desconcierto. Encuentro tres fotografías de las Islas Feroe y un dibujo de una pecera extraña. La cuenta de un restaurante. Malas noticias anunciando un diagnóstico que esperaba olvidado. Mi foto, su foto. Una nota sobre unos ojos ciegos que no dicen nada.  Escribo “Esquirlas”.  Debí tener un momento loco y compre cinco botes de helado de vainilla. Hilvané proyectos. Atravesé el mundo y escribí en el Mar de China. Remontamos unas crisis espantosas. Entregué minutos y pensamientos a los que quiero. Puse la nariz en el hueco de su clavícula y allí me quedé hasta que salió el sol. Pensé en Platón y en que todos necesitamos de los demás. Anoté un fracaso y una enorme decepción, unos números rojos de espanto y el fin de una ilusión sostenida durante años.
Cierro el nuevo bloc, lo dejo sobre la mesa de mi estudio. Faltan aún siete días para que se transforme en el testigo mudo de mi vida, de nuevos proyectos personales, de alegrías desbordadas y tristezas descomunales. Aún no es su momento, tengo que cerrar el que inicié el primero de año con un propósito descomunal. Y lo haré, pese a quien le pese y pase lo que pase.
Feliz fin de año.