jueves, 8 de octubre de 2009

Cuando todo se vuelve absurdo y sólo queda la inercia

Dos, un frente al otro. No fue una buena idea colocar dos sofás en aquel salón, eso lo pensó hace apenas unos pocos años, en realidad muy pocos y lo repetía en voz alta cada vez que veía aquellos atolones de cuero. Ahora esta posición enfrentada, en la que cada uno se situa sin necesidad de compartir el espacio, ni sentir la tibieza de la piel del otro, manteniendola distancia no sólo en lo emocional sino incluso en lo físico, se ha convertido casi en un alivio. Dos mundos, uno lejos del otro en apenas tres metros de distancia. De hecho, si ambos estiraran sus brazos a la vez, sus manos llegarían a rozarse. Esas manos que ahora se huyen para no tener que sentir que aquella calidez de antaño ya se ha perdido, que han dejado de encajar pese al automatismo con que en ocasiones se entrelazan. Se ven, pero no se miran, hace tiempo que no lo hacen. Cuando se cruzan las miradas, no se dicen absolutamente nada. No hay sorpresas o tal vez sí, precisamente la sorpresa que produce el desvanecimiento de los sentimientos. Ahora ¿Qué queda? . La fuerza de la inercia, la resaca del amor, la comodidad de lo que no se dice, la pena por lo perdido, las sombras de lo oculto y dos personas , una frente a otra, en apenas tres metros de distancia y con una vida que les separa.

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