domingo, 30 de mayo de 2010

DIARIO DE UN COCOON (I)



Por lo general, todos somos guapos, esculturales y estupendísimos. Bueno, no es cierto pero, llegada la primavera, todos nos sentimos así. Pero esta sensación se tambalea cuando empezamos a retirar prendas de ropa, como si fuéramos auténticas cebolla y dejamos al aire la lorza que tanto hemos cuidado en el invierno. En ese momento nos entra el paralís. Se nos descoordina la mente y la vista. Por eso, para que la coordinación vuelva, ni que sea en forma de esperanza o ilusión, y por ponernos a todos más guapitos que un "San Luís", los gimnasios se llenan de panzas y lorzas dispuestas a intentar mejorar lo inmejorable.

La naturaleza avanza inexorablemente. Arrugas y pliegues llegan sin pedir cita previa; la gravedad entra en juego y tremendas caiditas, no de parpados precisamente, nos dicen que algo terminará arrastrando. Y así, hasta donde se quiera llegar.

Pero el calorcito, sobre todo el primero que llega, es lo que tiene, nos convence que ese joven y hermoso que continua dentro de nosotros, agazapado como un tigre de Bengala, saltará de nuevo a la palestra y dejará a todos nuestros amigos, familiares y compañeros con los ojos haciendo chiribitas.

Por eso los gimnasios, en esta época del año, se forran.
Ayer, sin ir más lejos, fui victima de este virus. Llegué a la piscina habitual, con mi bolsa en ristre, dispuesta a empezar la temporada primavera-verano, lorza en ristre, eso sí. Me esperaba un carril para hacer unos cuantos largos entre aguas sulfurosas. Había cientos de cuerpos rechonchos que intentaban lo mismo que yo, avanzar dejando a cada brazada medio kilo de mortadela, de jamón de guijuelo, de chorizo de Alcobendas, garbanzos de Sestao, mantequilla andorrana o fessols de Santa Pau. Cientos de kilos de sobrepeso remojados que, vista la cantidad de cloro que había, bien se podrían haber desintegrado por exceso de acidez del agua.

Imposible avanzar, imposible conseguir el cuerpo Danone esa tarde. Pero no me iba a rendir. No al menos el primer día. Estar guapo también requiere de afeites y demás cuidados. Así que encaminé mis pasos, a ritmo de chancla, hacia el enorme jacuzzi en el que poder burbujear hasta conseguir una textura dérmica envidiable. Música de ambiente, relax y burbujitas por doquier. 

Sin embargo, también el virus estaba allí. Bajé las escalerita que me llevaban a sumergirme en el inmenso pozal e introduje mi cuerpo en aquel fastuoso mundo acuoso. Fue entonces cuando reparé en decenas de cabecitas,  portando todas ellas espantosos siliconados gorritos. Me sentí como en "Coocun". De un brinco salí de aquella poza y huí despavorida del lugar mientras los cientos de espejos que recubren la pared de ese paraíso urbano, me devolvía la imagen de una lorza indomable.

Definitivamente, esto no es para mí, me quedo con mi lorza.


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