domingo, 2 de mayo de 2010

ESPERANDO A QUE AMAINE


Es la hora del café. En casa ha explotado el televisor y hay marejada, mala cosa. Dudo entre ponerme el traje de torera, lo que implica ponerme el mundo por montera o, ponerme el traje de paciente india sioux. Opto por el segundo, y me voy a aplicar a fondo, incluso para que no sea dicho, me voy a americanizar del norte del todo, como una india, o como una gula, pero totalmente del norte, especimen yankee (a fin de cuentas, no hay nadie más auténticamente yankee que un indio de las praderas americanas de Kentucky, o de Illinois, o de Oregón, o de donde sea de por allí).
Para empezar, busco unos vaqueros recién lavaditos (problema, el algodón encoje y tengo que meter tripa para poder abrocharlos), seguidamente rescato unas deportivas de tela, rojas para más señas, tienen nombre y apellido (pero no me da la gana hacerles publicidad gratuita). Sigo, busco un coletero, me atizo una trenza baja (el disfraz de sioux va a ser total), continuo buscando y encuentro una chaqueta de ante (es del año de la tana, heredada de mi padre). Ya estoy lista. Paso por el salón y a modo de saludo digo aquello de: ¡Hau!, yo querer café y fumar pipa de la paz con bisonte.
Creo que no ha hecho ninguna gracia, oigo el pasar de las páginas del periódico y un suspiro enojado. 
Cojo las llaves y me despido con otro “¡Hau!, volveré antes de la caída de la hoja”. Mala cosa, para la caída de la hoja quedan meses. Espero que no pongan la llave por dentro, sólo quiero tomarme un café.
Alcanzo la pradera, ¡maldita sea! es domingo y está todo cerrado a este lado del Mississippi. 
Me siento en un banco y miro al cielo, los nubarrones corren rápido, es el viento. Y es que ya lo dijeron mis ficticios antepasados los indios sioux, cuando hay tormenta sólo hay que sentarse y esperar a que amaine.