sábado, 22 de mayo de 2010

DOMESTICIDADES (II) o COMO SOBREVIVIR A LA CAZA Y CAPTURA DEL CESTO DE LA COMPRA



Llevo semanas haciendo un estudio pormenorizado sobre los distintos sistemas de tracción motora y animal que los supermercados tienen a bien facilitarnos para poder hacer la compra. Y hago ese estudio para que cuando llegue el próximo sábado y tenga que acercarme al hipermercado, deje de debatirme entre si es mejor coger uno u otro. Debo reconocer que en la mayoría de ocasiones, tras devanarme los sesos entre unos u otros, no queda ninguno, vamos que como diría aquella gitanilla del mercado "me lo quitan de las manos"
Volviendo a los sistemas de tracción, decir que existen  varios sistemas. Uno, los carritos de rejilla metálica,  prácticos, enormes, van engarzados unos a otros mediante una cadenita que sólo se libera cuando le introducimos, en la rajita adecuada, una monedita de euro o de cincuenta céntimos. Me parece todo muy metafórico y tirando a sado, pero es lo que tiene la vida diaria, ya saben: que a menudo supera la ficción y que una mente dispersa  se pierde en tontadas como ésta. Así que una, que es de natural rumboso y toma en consideración lo duro que debe ser pasar de mano en mano, opta por colocarle el Euro, todo y que sea de mentirijilla porque después se lo reclamo como si fuera la mismísima Ministra de Hacienda. Estos carritos, salvo por el rastro de una hoja de lechuga pocha en su interior, suelen estar bastante limpios. Por eso y por lo espaciosos que son, son los más demandados.
Por otro lado, existen unas cestas provistas de ruedas y de una larguísima asa que permite tirar de ella, arrastrando por interminables pasillos, las cuatro chorradas que te caben en un canasto tan aparatoso como poco práctico. Es un sucedáneo del carrito, no me molan. Me saben a nuevo rico venido a menos. En su interior suele dormitar el comprobante de una compra anterior a la tuya. y permanece pegado por el azucar que desprendió el cartón de zumo que alguien transportó en el pleistoceno Poca cosa más.
Por último, los capazos de plástico, esos de los de toda la vida, sólo caben tres cosas y eso si las colocas bien. Poco cómodos, jibarizados. Mientras trasiegas con ellos por todo el supermercado te dejas las palmas de las manos ensangrentadas por la dureza del asa que lo corona, amén del lumbago garantizado al trasportar 3 cartones de leche y una bolsa de patatas en semejante estrechez. Pero lo peor de ellos, no es eso, sino que, estoy convencida que si sanidad se empleara a fondo cerrarían todos los supermercados del país, pues acostumbran a tener más mierda que el palo de un gallinero (en ocasiones sólo superada por la quisquia que tienen las cestitas con ruedas, que también se las traen). Por eso, difícilmente me verán con algo tan poco glamuroso y con tanto peligro para mi salud y la de los míos.
Hasta aquí, la clasificación de los artilugios de los que nos dotan los hipermercados. Pero, no todo termina ahí, a ellos hay que sumarles los que, los usuarios y clientes del comercio en cuestión, van incorporando a falta de disponibilidad de los cachivaches indicados. He llegado a ver carritos de bebe, con niño incluido, transportando latas de cerveza para abastecer a toda una rave, barreños de los de transportar la colada llena de bolsas de judía tierna congelada y, en una ocasión, vi una carretilla de albañil que estaba siendo llenada de garrafas de agua destilada (sí, lo sé, yo también pensé que era muy raro tanta agua destilada).
Estas cosas siempre me dejan pensando. Así que hoy, vista la imposibilidad de hacerme con un carrito, con una cesta, con un capazo, ni tan siquiera con un hueco en el cochecito del niño que promociona la cerveza (no hay señora que no se pare estupefacta ante la imagen del cuco cervecero), he decidido que hacer la compra colgándole unas alforjas al pobre Satán (un chucho canijo y maleducado que anda refugiado por mi casa), a fin de cuentas he bajado a por pienso perruno y aquí tenemos que colaborar todos.
Y es que ya lo digo, cuando quiero, a original no me gana nadie y si no lo creen pregúntenselo a mi vecina Chari que me ve en el supermercado, todos los sábados, debatiéndome entre la mantequilla y la margarina. Hoy he sido la sensación del supermercado, una auténtica popstar.

nouvelle vague - too drunk to fuck