lunes, 19 de marzo de 2012

HOLA, SOY TU MENSTRUACIÓN

Hablar de la menstruación acostumbra a poner muy nerviosos a los caballeros porque es como hablarles de que en la despensa habita un marciano. Hagan la prueba. Siéntense en una cafetería, en una mesa cercana a la que esté uno o varios señores y empiecen a hablar del tema. Hablen de la absorbencia de los tampones, sobre la intensidad de los dolores premenstruales, de la necesidad de ingerir grandes cantidades de azúcar, sobre si tal compresa o tal otra tiene mejores alas. Introdúzcanlos de soslayo en el que para ellos es el desconocido mundo de la menstruación, y verán que pronto cambian de mesa.  

Para ellos, la menstruación, otrora llamada regla, algo que es consustancial a la mujer, no existe. Perdón, sí existe, pero no la nombran, o sí. Pero sólo la mentan cuando, con motivo de alguna pifia o metida de pata suya, les cae un rapapolvo desplante, o pelotera. Es entonces cuando nos acusan de estar de mal café, gruñonas, desagradables, rabiosas y terminan, toda la retahíla de despropósitos, con la coletilla “seguro que estás con la regla”. Vamos que nuestra mala leche es culpa de la regla y no por cualquier otra cosa. 

Deben pensar que nosotras, cada veintiocho días, por nuestro ciclo menstrual, entramos en un estado de enajenación mental transitorio y nos convertimos en la bruja avería por culpa del periodo. Y no es eso queridos, no. Cuando nos ponemos de mala uva o se nos hinchan los ovarios, no necesariamente tienen que ver con nuestros ciclos hormonales, sino que lo habitual es que sea consecuencia de encontrarnos frente a un cabestro (en forma de compañero, amigo, marido, amante, hijo o portero), que nos saca de quicio porque no se entera de que va la película ni por casualidad.
Lo de la regla es otra cosa, pero eso yo no se lo pienso explicar, no sea que alguno se ponga nervioso.