miércoles, 14 de marzo de 2012

CENAS


Ceno con mi madre, como en los viejos tiempos, una frente a la otra, sólo que esta vez soy yo la que pone casa, mantel y algo cocinado de modo improvisado. Cenamos pronto, la edad no le permite excesos y yo estoy muerta. 

La miro y la veo tan mayor que me parece imposible. Su melena pelirroja, esa que lucía a la misma edad que yo tengo ahora, ha dado paso a un pelo blanco, completa e increíblemente blanco.
Cena despacio, poco y ligero. Deja espacio porque ha visto sobre el mármol de la cocina un paquete y sospecha, de modo acertado, que dentro hay unos cuantos buñuelos de cuaresma. No he podido resistirlo. No le convienen demasiado pero le entusiasman  y yo, de natural, una hija un tanto dejada, de vez en cuando procuro redimirme de este modo y ella lo sabe.

La acompaño a su casa dando un paseo, la noche es tan agradable que bien vale dar un poco más de vuelta. Mientras sujeta  mi brazo, me pone al día de las últimas novedades familiares, las dramáticas historias de amor de su nieta mayor, las desaventuras de su amiga Julia y los últimos avances en sus clases de "gimnasia para abuelas" aunque en su clase haya tres abuelos. Y lo dice así, afirma que a su edad el mundo es de ellas, las abuelas, ellos ya no pintan nada.

La acompaño hasta el portal, la beso en las mejillas y espero que suba los veinticuatro escalones que la separan de su casa, mi antigua casa. Ya en el rellano se vuelve para decirme adiós levantando un bastón floreado, regalo de su nieto en la última navidad.

Desando el camino. La noche acompaña pero acelero el paso, quiero llegar a casa. Sé que cuando abra la puerta me espera el olor de mi madre, una noche calma, Dahlmann con su recuperado ronroneo y la promesa, mil veces incumplida, de dedicarle más tiempo.







2 comentarios:

  1. Sabes, nos vamos pasando el olor de las madres de unos a otros. Las madres huelen diferente, y si las aprietas despacio y pones tu carita en su mejilla, aún se duerme uno.
    Un chucho.

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