domingo, 18 de marzo de 2012

JUST LIKE HONEY O DE LA INTIMIDAD

 


Hace unos días, un afamado escritor hablaba de su afición a leer los diarios personales de grandes personajes de la historia. Leerlo me produjo un respingo involuntario y, mientras contemplaba la pantalla que anunciaba una y otra vez el “delayed” de mi vuelo, daba vueltas a mi propia reacción. Al final, creo que fue por la cuestión de la intimidad y el secretismo que contienen los diarios personales, esa que se quebranta cuando son leídos por terceros, lo que lo provocó.  

Debo reconocer que a lo largo de mi vida he leído varios y, hasta que leí el artículo en cuestión, nunca había experimentado esa sensación de repelús vital que, incluso mientras escribo esto, siento.

He pensado sobre ello, sobre los diarios. Creo que existen dos modos de escribirlos. El primero, a corazón abierto, sin cortapisas, quizá influido por el engaño involuntario en el que, en ocasiones, cae el propio yo. Diarios escritos para no ser leídos por nadie más que el propio autor. Y el segundo,  presididos por impostada intimidad. Sí, porque el escribiente sabe, espera o desea que sean leídos por otro y la naturalidad no cabe. Y eso, se nota.

Los primeros me los creo, los segundos bastante menos. Escribir un diario para otro no deja de ser un ejercicio de cierta presuntuosidad, aunque, al final, todos somos, en cierto modo, un poco así, presuntuosos.

Unos y otros coexisten pacíficamente pero ya no para mí. De ahí el respingo, que proviene de los primeros y de la pregunta sobre el derecho que tenemos a leer lo que alguien escribió para sí mismo, para que no fuera leído por nadie más. ¿Con qué derecho leemos lo que escribió mientras lo hacía para comprenderse, ordenarse, exorcizarse o tener la posibilidad de recordarse cuando el tiempo, haciendo su trabajo, difumine lo sentido, lo vivido, o lo imaginado?

La perdida de la perspectiva de la intimidad, la sensación de estar entrando donde no se debe, eso es lo que, ahora sé, me provocó el sobresalto.

Sé que el hecho que los escritos íntimos de alguien, sus cartas, sus diarios, sus cosas, salgan a la luz puede llevar a conocer o comprender a alguien, pero no tengo muy claro si eso debe ser así cuando su autor no lo quiso jamás. 

Quizá algunas cosas deberían llevar incorporado un chip de autodestrucción a voluntad de su propietario cuando llega a manos ajenas, pero puede que esté muy equivocada.