domingo, 25 de marzo de 2012

LAS TOSTADAS DE T.S. ELIOT

 

Nacer el mismo día que Thomas Stearns Eliot no tendría la menor importancia si no fuera porque, desde que tuve conocimiento de ello, su presencia me persigue. Tan es así, que hace unos meses, mientras cruzaba mi propio desierto personal, me regalaron, sin saber de esa carrera infinita y extraña, las memorias que Robert Sencourt, amigo íntimo de T.S. Eliot, escribió.

Por aquello de las extrañas coincidencias, mientras estaba sentada en la ventana de mi habitación, agotando los últimos rayos de sol de un otoño benigno, con Dalhman dormitando a mis pies, leí que el poeta  “a menudo se acurrucaba en el alféizar de la ventana detrás de un enorme libro, refugiándose en la droga de los sueños contra el dolor de vivir”

En ese instante, todo cobró sentido, comprobé como algunos de nuestros órganos corporales tienen vida propia y mis ojos, esos que se refugiaban detrás de unos cristales tintados, estaban más abiertos de lo normal, en un gesto de sorpresa que ni yo misma era capaz de controlar.

Entrecerré los ojos y busqué la complicidad del sol de otoño. Y sin remedio, recordé, mientras le recordaba a él, aquel poema que decía: 


“Y, en verdad, habrá tiempo
para el humo amarillo que se desliza a lo largo de la calle,
frotando su espalda sobre el cristal de las vidrieras;
habrá tiempo, habrá tiempo
para preparar un rostro que acepte los rostros que encuentres,
habrá tiempo para matar, habrá tiempo para crear
y tiempo para todas las labores y los días hábiles
que levanten y dejen caer una pregunta en tu plato;
habrá tiempo para ti y habrá tiempo para mí,
y habrá tiempo incluso para cien indecisiones,
y habrá tiempo para cien visiones y revisiones
antes de que tomemos una tostada y té”.



Y pensé que si no conseguí desayunar unas tostadas junto a él, sentados en el alfeizar de la ventana en la que ahora me encontraba, mientras cubríamos nuestros ojos cansados de una noche ya muerta, el año, ese año precisamente, no tendría sentido.