viernes, 2 de marzo de 2012

DEL DERECHO A CONTRADECIRSE-DEL DERECHO A IRSE

Dudo de todo. Le hace gracia que se lo diga precisamente a él que, según dice, quedó sepultado, sin ninguna duda, bajo un tajante “se acabó, no me llames más hasta que tengas una buena razón por la que hablarme”. Y pasaron más de diez años hasta que lo volvimos a hacer.
 
Compartimos mantel y un par de cañas. Sobre el papel dibuja unos trazos que representan personas. Unas bolitas son sus hermanos; otras, los míos; una más, su padre que ya no está;  y otra, el mío que marchó seis meses después del suyo. Alrededor dibuja unos cuantos asteriscos, algunos los tacha, otros los encierra en un círculo que marca insistentemente.  Somos un sistema, sentencia, y hasta que no estés dispuesta a reconocerlo, no vas a comprender la mitad de las cosas que suceden en tu vida, no podrás saber el porqué eres esto o aquello. 

Es una discusión peregrina. Antes del largo paréntesis, le había repetido hasta la saciedad que los islotes aislados están muy bien en mitad del Océano Pacífico, pero no para vivir, para sobrevivir y comprenderse.  Sin embargo, hoy no lo tengo tan claro, y por el contario, él, escéptico entonces, intenta convencerme de las bondades del pensamiento sistémico.

No sé porqué pero, de repente, me apetece una cola. Tengo una regresión. Y absurdamente desconecto mientras sigue pintando bolitas y apenas le oigo. Pienso en las ganas que tengo de leer “Aire de Dylan”, de marcharme unos días y de cortarme el pelo.

Pinta una bolita roja frente a mi plato y dice “Esa eres tú. Si el mantel es una habitación ¿Dónde te colocarías?” Pinto una bolita azul frente a su ensalada. Le cuento lo de la cola, lo de cortarme el pelo y lo de Dylan. Le pido que me pase el aceite que se nos va a hacer tarde.

Mientras aliño el plato tengo dudas, quizá debí pedirme la sopa. Y le digo que debe ser que me estoy haciendo mayor, porque ahora mismo no sé si quiero la sopa o la ensalada, si quiero que continuemos pintando bolitas, o si mejor nos vamos al cine, o si nos volvemos al despacho y terminamos, cada uno por nuestro lado, lo que se supone debíamos discutir mientras comíamos.

Se frota la barba y como el que no quiere la cosa, mientras apura su jarra, sentencia: “Deja de leer a Vila-Matas, te está atontando".