sábado, 17 de marzo de 2012

SALVADOS


Intentaba abrir el coche cuando, de un modo absolutamente imposible, las llaves, adoptando la densidad de la nada, se han precipitado desde mi mano hasta la alcantarilla. Ha sido un movimiento lento, y la llave, sujeta a un simple cordón de cuero rojo, se ha deslizado a cámara lenta, bamboleándose en una corriente de aire inexistente, hasta las entrañas del subsuelo. 

Si la desesperación existe, se ha impreso en mi cara, en esa que ha fijado su angustia en ese pútrido agujero por el que la ciudad se corrompe. Pero los ángeles de la guarda existen, ahora lo sé, y ante el abatido aspecto de quien, derrotado por los elementos, se deja morir sobre el capó del coche, implorando al Dios de las tormentas para que caiga un rayo y lo funda, un motorista ha parado junto al coche. 

Minutos más tarde, una cuerda y un imán, rescatan la llave y me devuelven la compostura. Desde la cafetería de enfrente empiezan los aplausos y, el rescatador, en un gesto de encantadora gracia, hace una reverencia al camarero y a los que desde la terraza han observado la maniobra.

Me entrega la llave abriéndome la mano, colocándola en ella y cerrándome el puño de un modo seguro. Su mano se entretiene sobre la mía durante unos segundos que se prolongan sin necesidad. 

Me quedo sin habla. Y sin habla sigo mientras se pierde entre el tráfico.