martes, 20 de marzo de 2012

PONGA UN/-A AMANTE EN SU VIDA


Una de las cosas más agradables y excitantes que le puede pasar a uno, en este lecho de dolor que es la vida, es hacerse con un amante, a poder ser físicamente estimulante, sexualmente muy activo, complaciente y divertido. Un tipo al que se encuentre estupendo, que le alegre el día, le arregle los bajos, al que no tenga que darle mayor explicación y del que se despida lanzando un beso al aire mientras amablemente le abre la puerta para que la cierre desde fuera. Un tipo cuya misión sea susurrarle al oído, en directo, por teléfono o como sea, ingeniosos procedimientos amatorios mientras llega el momento del encuentro (en un estupendo hotel a ser posible, por aquello de la falta de compromiso establecido de antemano) y, una vez llegado este, el momento en cuestión, llevarle de la ducha al catre, del catre a la ducha y así en una sucesión interminable de traslados amatorios, durante no más de cuatro horas y en sesiones que no se repitan más allá de una vez a la semana.

Prolongar los encuentros sobre el tiempo señalado y del ritmo dicho, puede transformar la bonita y excitante relación en otra cosa distinta lo que, dicho sea de paso, no sería deseable. 
Un amante es lo que tiene, unas risas, unos polvitos mágicos y punto, no busque más.
Tener un amante implica no tener que preocuparse por él, ni por nada, salvo por darse gusto a uno mismo. No hay que preguntarse, ni preguntarle al otro cómo se siente, si le gusta esto o lo otro, si  se verán mañana de nuevo porque ya se sabe que no. Son las ventajas de tener un amante, no hay más futuro que el del minuto siguiente. 

El amante, en su círculo amatorio, se ama a sí mismo por encima de todas las cosas y el resto no importa. Un amante aporta seguridad, es hedonismo puro y falta de complicaciones. Por eso, al amante hay que ponerle fecha de caducidad, como a los yogures.
Todos deberíamos poner un amante en nuestra vida, casi por prescripción facultativa. Y es que, hay una realidad, la vida es pesada, dura, y al final, pese a lo que digan los más puritanos, y los que se mienten a sí mismos para creerse mejores y crean que les creemos: el pan de casa (por muy bueno y blandito que esté) no engorda. Todos necesitamos que nos rían las gracias durante un rato, que nos rieguen la parcela por gusto y poder, si nos da la gana, despedir al sujeto en cuestión con una palmadita en la cara y un beso lanzado al aire mientras decimos aquello de Arrivederci caro y nos sentimos los reyes del mambo.


P.D: Si alguien me dice que no ha tenido alguna vez un/-a amante en su vida o que no ha fantaseado con ello, prometo intentar no troncharme de la risa. Si me lo acredita (lo de no haberlo tenido, o lo de no haberlo pensado) prometo subir y bajar, siete veces seguidas a la torre más alta de la Sagrada Familia dejando constancia fehaciente de ello en este blog.



Lou Bega - Mambo No.5