viernes, 23 de marzo de 2012

CHARPENTIER


Me encontré frente a la puerta, dudando si debía entrar o si, definitivamente, debía volver sobre mis pasos, coger el metro y olvidarme del elaborado plan que llevaba trazando desde hacía meses. Moví la cabeza para sacudir las dudas de última hora y reafirmarme en lo que allí me había llevado.

El cristal me devolvió el reflejo de mi imagen y guiñé el ojo. Me mordisqueé los labios para que se exageraran ligeramente y se tiñeran de un color apetitoso. Pasé la mano por el pelo y empujé la puerta. La suerte estaba echada.

La tarde se había abierto con lluvia y la humedad no perdonaba. Avancé por la alfombra gris, empapada, dejando la marca de los tacones a cada paso, pequeñas huellas  de Pulgarcito que me permitirían encontrar el camino de salida en aquel laberinto de pasillos.

Descendí por la rampa y al final, frente a mí, una puerta entreabierta dejaba ver un foco de luz cenital iluminando dos sillones de cuero negro que formaban un pequeño ángulo agudo. Empezó a temblarme la pierna y tuve que buscar apoyo. Siguió un ligero temblor en la mano con la que me sujeté. Había llegado la hora de buscar asiento entre las abarrotadas filas que rodeaban el estudiado escenario.

Me senté y, como si de una estrella de cine se tratara, apareció acompañado de un presentador tan excepcional como él. Saludó, se acomodó y mientras la megafonía reproducía el like a rolling Stone de Dylan, me miró y supe que había llegado el momento. Así que me levanté, caminé entre las filas, e iluminada por el único foco que centraba la atención sobre el escenario, le entregué una nota que recogió sin sorpresa y guardó, sin abrir, en el bolsillo de su americana negra.

Volví sobre mis pasos, recogí el bolso que había dejado sobre la silla y abandoné la sala. Cerraba la puerta cuando un estruendo de aplausos dio inicio a la presentación. Miré por la escotilla, y vi su mano apoyada en el bolsillo de su chaqueta. 

Caminé siguiendo las huellas del tacón de mis zapatos. El aire me revolvió el pelo y pensé que esta vez el mensaje era claro “No se maree con tantas entrevistas, tantas presentaciones, tantas corridas de toros y mascletás. Usted no es un objeto de merchandising”.
Esta vez no fracasé Louis.

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"Algunos entran muy tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra. Ése fue mi caso. Y hoy puedo afirmarlo con toda seguridad. La representación empezó la mañana en la que mi mujer me entregó una carta que acababa de llegar de Suiza, una invitación a participar en un congreso literario sobre el fracaso".

Lector-Mundi-CCCB-©-Susana-Gellida-2005