miércoles, 9 de septiembre de 2009

EXTRAÑOS NEGOCIOS II

¿Realmente han transcurrido diez años? No le parecía que hubiera pasado tanto tiempo. Había estado tremendamente ocupado y eso no le había permitido ser consciente de que el reloj avanzaba sin dar tregua. Había dejado su ciudad hacía ya mucho tiempo, tal vez demasiado, nunca se había parado a pensarlo. Había construido una vida distinta a la inicialmente esperada. Una vida labrada partiendo de la busqueda de nuevas sensaciones, cerrando puertas a historias pasadas. Si las cosas tenían que ser así, así serían. Una buena oferta de trabajo, nuevas prespectivas y un aire distinto.
Al principio los recuerdos le escocían pero había aprendido a vivir con ellos y a anestesiarlos, sólo de vez en cuando, cuando veía a una mujer juguetear con un mechón de pelo, haciéndolo girar entre los dedos índices y pulgar, sentía el peso de la melancolía. Conoció a Clara, se gustaron, se casaron y con el tiempo tuvieron hijos, tres ni más ni menos. Nada de particular, una vida familiarmente tranquila, cómoda, rutinaria, monótona, sin problemas. En el trabajo no le iba nada mal, había conseguido ser de los mejores en lo suyo y lo sabía.
Nada le incomodaba, todo iba bien. Y recibió el encargo, tenía que cerrar, ya, unas negociaciones que estaban encalladas, “tu conoces la plaza, te encargaras tú. Tienes dos semanas para cerrarlo”. Fue entonces, haciéndose cargo de aquel asunto, cuando supo con quién tendría que lidiar. Era él quien tenía que fijar la reunión, era él quien debía establecer las bases del próximo encuentro. Un hotel, la cafetería de un hotel. Difícil de entender, su explicación: un terreno neutral, distendido. Nadie dijo nada, a fin de cuentas él era el mejor.
En su cabeza, no sólo estaba cerrar un negocio, sino que tenía la necesidad de pronto de cerrar, de dar el último portazo a aquello que durante los diez últimos años había permanecido agazapado en su interior. A fin de cuentas Maria había dado un tremendo portazo que sólo consiguió dejar entornada la puerta pero no consiguió cerrarla. Quería tener la última palabra, ahora de golpe lo necesitaba. Por eso había escogido aquel hotel, quería volver a verla en el mismo sitio, en igualdad de condiciones. Estaba convencido que no le había olvidado, ignoraba que había sido de su vida, pero sabía, estaba seguro, que continuaba clavado en su cabeza.
Llegaron tarde, cruzaron la puerta giratoria y la vió de lejos. Impecable, preciosa, más voluptuosa que en el pasado. Ella pareció presentirle y se giró. Despacio, se encontraron sus miradas, la de ella fria e inexpresiva, la de él totalmente indiferente, ni siquiera se desafiaban.
Empezó la reunión y ella, inesperadamente entrelazó entre sus dedos un mechón de pelo que empezó a girar entre su dedo índice y su pulgar. Él sintió una punzada en su interior y en un instante dieron por finalizada aquella reunión. No había tiempo para más. En dos días se verían de nuevo, otro escenario, otras posiciones, ambos recompuestos. Porque ella había girado un mechón de pelo en un gesto eterno que la delataba, pero él , sin darse cuenta, no habia parado de acariciar el gemelo de su puño izquierdo, un gesto que para él era significativo pero que poco le decía a ella, a fin de cuentas, en el pasado él no usaba gemelos.