martes, 8 de septiembre de 2009

EXTRAÑOS NEGOCIOS (I)

Diez años más tarde se encuentra sentada en la cafetería del mismo hotel. Se ha esmerado en vestirse, maquillarse  y arreglarse el pelo. A fin de cuentas, una cosa es que él fuera un gilipollas y otra que ella no haga lo posible por estar estupenda. La ha citado en esta cafetería, vieja conocida. La elección, conociéndole, seguro que no era porque sí. Está segura de eso ¿Qué necesidad hay de concertar una reunión en un hotel? Él siempre quiso llevar el mando, el ritmo de aquella “no relación” que tuvieron cuando eran simples aprendices de la vida. María juguetea con un mechón de su pelo. Lo coloca y lo vuelve a colocar detrás de su oreja. Lo voltea entre los dedos. Intentaba simular que este tic repetido no es más que un gesto cualquiera. Tiene que parar. Él llegará en breve y conoce ese gesto. No quiere colocarse en desventaja. Son dos profesionales y el pasado sólo es eso, pasado.
María ha llegado pronto, no va sola.  Raul ha llamado. Les avisan de recepción, su reunión se va a retrasar, problemas con el vuelo.
La espera la mataba. Sigue jugando con el pelo. Hoy es un avión, en el pasado era un autobús, una motocicleta estropeada o simplemente que él había decidido, por su cuenta, que ese día no se verían. Media hora más tarde,  aparece Raúl, tampoco llega solo. Nada más verle, siente la amargura de la bilis subiéndole por la garganta. Está igual que siempre, el mismo porte, la misma mirada perdida, el pelo un poco más blanco. Había pensado en este momento desde que supo que sería ella quien iría a esa reunión. Se había preparado para ello. No pensar, ver sólo un rival, alguien a quien debe exterminar, machacar, conseguir el resultado querido en el mínimo tiempo posible. No es Raúl, es el mismo diablo y como bien sabe con el demonio no se pacta, se le mata.
Se estrechan las manos, se saludan con una ligera inclinación de cabeza.Un encuentro formal.
Se sientan alrededor de una mesa baja. Donde antes hubo vasos largos y ceniceros llenos, ahora papeles y ordenadores. Qué lugar tan incomodo. Qué necesidad de quedar aquí. Exigencias del cliente. Una mentira forzada.
Se ha colocado la mascara de la indiferencia pero el gesto la delataba. Un mechón de pelo que gira incansablemente  entre el índice y el pulgar. Él sabe que ha ganado el primer envite, está nerviosa. Ahora a esperar. Años sin verse, pero los gestos no cambian piensa mientras sonrie casi imperceptiblemente. Ella necesita un golpe de efecto y lo sabe, debe  volver a reconducir la situación a un empate técnico de posiciones.
María se levanta poniendo fin a la reunión. La excusa, no hay tiempo, ella y su cliente deben coger un avión que no espera. La próxima reunión, en dos días, en un despacho, sin sofás, sin el reflejo fantasma de las copas del pasado, sin el sonido de un piano al fondo, y una cola de caballo sujetando el cabello para evitar quedar nuevamente fuera de juego.