jueves, 10 de diciembre de 2009

MANHATTAN Y UN PROFUNDO ESTADO DE MELANCOLIA

Un profundo estado melancólico me tiene embotada la cabeza desde hace unas tres semanas. He conseguido, a base de enorme disciplina, mantenerme en pie y funcionar con relativa normalidad. He viajado por trabajo, por placer y porque no me quedaba más remedio. Sin embargo, los viajes más esplendidos, en estos días, los he hecho en mi interior. Últimamente sólo pienso en Nueva York. La culpa, la nostalgia, el amor, el desamor, la impaciencia, la compulsión y su ausencia.
¿Puede pensarse en Manhattan desde una habitación en la que sólo se ve el campanario de una iglesia románica y unas encinas que hace mil años dejaron de crecer? Sólo pienso en cruzar el puente de Brooklyn y perderme por Manhattan. Un viaje a mi ideario mundano.
Y es que sé que le encontraré allí, esperándome, como siempre, sentado en el “Cupping Room Café”, donde tanto tiempo pasamos, donde mil veces hablamos, cuchicheamos sobre todas aquellas cosas que nunca íbamos a hacer (su mundo-mi mundo, dos realidades imposibles de mezclar). Saboreamos interminables tazas de café, consumimos miles de cigarrillos y cruzábamos nuestras manos, entrelazando los dedos para no caernos del mundo  enano que habíamos creado y que iba a durar lo que apenas el otoño en Nueva York.
Sé que hoy, los dos, cada uno como podemos, recordamos esos momentos. Y lo sé porque lo siento pese a la distancia, al tiempo transcurrido y las distancias insalvables. 
Los dos en “Strand”. Un regalo, su regalo, un viejo ejemplar  de “Manhattan Transfer”, que hoy llevo en mi maleta como un tesoro. Un regalo que se convirtió en el preludio adivinado del infortunio que nos tocaría vivir. Porque la fortuna se presentó, inesperadamente, una tarde de septiembre y, forzosamente, el aciago final iba a llegar una noche de diciembre. 
Mientras el frio me consume las pocas energías que me quedan, soy incapaz de levantarme de esta butaca en la que llevo dos días holgazaneando, bajo en peso de un enorme jersey de lana, sólo pienso en esos millones de momentos que nos separaron, nos separan y que nos separarán por siempre más.
Pero yo seguiré aquí, viajando de vez en cuando a Manhattan donde sé que nuestro mundo existió durante un tiempo que fue tan precioso que bien ha valido una vida entera.