martes, 15 de diciembre de 2009

PARALELISMOS-NO SIN MI BOLSO

Un bolso puede ser muchas cosas, desde un simple complemento de moda sin trascendencia alguna, a un símbolo distintivo que caracteriza a quien lo lleva. 
Si das una vuelta por el centro de la “city”, a fuerza de observar a las mujeres y sus bolsos, puedes llegar a conclusiones extraordinarias sobre el uso y disfrute de esos "portatodo" que llevamos. 
Hace unos días, unos amigos y la que suscribe se sentaron en una terraza (de esas que tienen estufas en forma de hongo gigante), en plena Rambla de Catalunya para tomar unas copitas y disfrutar del calor del butano. Una que anda un poco dispersa y las historias contadas eran harto conocidas, desconectó y se dedicó a observar concienzudamente al personal que por allí paseaba y los bolsos que portaban. Fue una experiencia curiosa. Después de ver cientos de ellos, llegué a varias conclusiones. 

Quien conozca Barcelona, sabe que esta calle, y sus aledaños, es el centro neurálgicos de las “compras” en esta ciudad. El “glamour”, la distinción y el buen gusto concentrado en escasos kilómetros. Todos guapos, bronceados pese a los 3 grados de temperatura, los bodies fitneados, las mechas perfectas, las gafas de sol por doquier y los bolsos, los encantadores bolsos, portados por cientos de encarnaciones de “Barbie Super Star”. Unos colgados, otros cruzados y los menos asidos como preciados tesoros. Pero, como las propia mechas que lucían las transmutadas valkirias de esta ciudad, esos bolsos (enormes algunos, diminutos otros) eran, mayoritariamente, más falsos que un duro sevillano. 
Los “chinos” han hecho mucho daño al buen gusto. Los zambos que pueblan el Paseo de Gracia, cargados de falsos “Louis Putton” o estrafalarios “Parda”, han convertido esta ciudad en el escaparate de la falsificación y del gusto fatal.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, siempre he pensado que los bolsos y lo que en ellos se contienen, cuentan mucho de quien los lleva. Las falsificaciones compradas en cualquier avenida de nuestras ciudades, sólo los llevan las pretenciosas venidas a menos. ¿Qué necesidad hay de lucir un bolso que es más falso que los ojos de Espinete, por el simple hecho de llevar impreso un feo logotipo o anagrama, y más cuando todo “quisqui” sabe que un bolso de esa marca no se lo podría costear su portadora ni que vendiera su alma al diablo? Yo eso no lo entiendo. Mejor bueno desconocido que malo falsamente conocido, pero en fin, para mal gusto hay colores. 
Después tenemos los tamaños. Los bolsos diminutos, esos en los que sólo cabe una tarjeta de crédito y una cajetilla de tabaco, son estupendos. Porque son lo que sólo pueden lucir las más ociosas y las más pastosas. Porque, ¿Quién puede ir a trabajar sin llevar un arsenal de cosas en un bolso? Estos, normalmente estupendos, suelen tener un precio inversamente proporcional a su tamaño, cuanto más pequeño más caro. Sus portadoras suelen tener ese aspecto medianamente descuidado que sólo el ocio, la pasta y la falta de complejos proporciona. Frente a estos, los enormes bolsones, esos en los que cabe un arsenal. Uno de esos uso yo. Creo que podría irme de mi casa, no volver en diez días y sobrevivir con lo que llevo dentro. A veces me sorprendo de las cosas que transporto. Hoy sin ir más lejos he encontrado, además de los habituales cargadores de teléfono, doscientos juegos de llaves, un montón de rotuladores de punta fina, un libro, dos barritas de cereales, un cepillo para el pelo, un adaptador de corriente a enchufes británicos, una cucharilla de café, una caja de antigripales, un tarjetero con etiquetas arrancadas de botellines de coca-cola, una bombilla, un elefante de la suerte, atención, una pinza de esas que se utilizan en natación sincronizada para que no se cuele el agua por la nariz al hacer las acrobacias acuáticas, cosas curiosas. Así que, si los bolsos son el reflejo de la personalidad, no quiero pensar en qué estado me encuentro.

Algo no va bien, mi bolso es un puro caos. Creo que voy a tomarme unas vacaciones porque no es posible sobrevivir con semejante batiburrillo. A los Reyes Magos, el próximo año, les pediré uno chiquito, extraplano, y tamaño VISA para ser la más fashion y ociosa del lugar.